LA VISITA DE LAS SIETE CASAS. UN PRESENCIA EN EL JUEVES SANTO. Crónica de los Setenta y cinco años


Alejandro Cea Olivares.

Jueves Santo, por la tarde noche. Durante años y años salíamos a la “Visita de las Siete Casas”. Pocos días, quizá los desfiles del 16 de septiembre y del 20 de noviembre, convocaban a tantos: las calles del Centro llenas a tal grado que en algunas se cerraba la circulación a los automóviles y, en tiempos previos a la hecatombe del ambulantaje, se permitía la venta de elotes, buñuelos, matracas.

Existían unos cuadernitos con una pequeña explicación y oraciones para cada una de las famosas “casas” que en realidad eran mansiones y palacios: de Anás, de Caifás, de Pilatos y de Herodes. Visitar siete templos significa, pues, acompañar a Jesús en el recorrido que hizo desde que fue aprendido hasta su muerte en el Calvario.

¡Maravilla de vivir en el Centro Histórico! Antes de salir de la casa los mayores se ponían de acuerdo con el itinerario. Había varios. Obligada, a cincuenta metros de la casa: Santa Catarina, una de las cuatro parroquias fundadas en la Colonia; a dos cuadras, por la calle de Brasil, hacia el sur el enorme templo de Santo Domingo con su altar neoclásico y a los lados dos grandes retablos churriguerescos y en una esquina de la plaza la capilla de La Expiración, lugar que fue de muchas bodas y bautizos de la generación de los abuelos.

Caminábamos dos calles para entrar en la calle de Donceles al relicario maravilloso del conocido por todos como templo de la Enseñanza que junto con el de Regina es el único templo con todos sus retablos barrocos completos para después visitar la Catedral y a su Parroquia de junto: el Sagrario, la mejor portada churrigueresca de la Ciudad.

Para completar los siete templos optaban por caminar al oriente y visitar a una cuadra, por la calle maravillosa de Moneda el templo de Santa Inés.

En unas cuantas calles un verdadero muestrario de lo mejor del arte colonial.

En esa visita, además, transcurríamos por varios momentos de la historia de México. Así el cura Jarauta de Santa Catarina construyó barricadas para combatir a la invasión norteamericana y Santo Domingo trae el recuerdo de la Inquisición, de Fray Servando Teresa de Mier y después, durante muchos años, convocó todas las fiestas de la colonia española. Y no se diga el templo de la Enseñanza que fue parte del primer colegio exclusivo para niñas y señoritas en el siglo XVIII y que cuando, cosas de Don Benito, fue expropiado y convertido en tribunal de Justicia alguien se burló: “Dice Palacio de Justicia con Letras Doradas, cuando el Palacio es robado” y ya para que hablar de las historias y belleza del más importante templo colonial de América, nuestra Catedral.

La visita era incómoda por los apretujones de tanta gente y rápida porque el flujo tenía su propia dinámica.

Sin embargo, en silencio y con respeto entrábamos a los templos por una puerta, avanzábamos hacia el altar mayor donde ocupaba un lugar central y alto, rodeado de muchas flores y cortinajes un cofre de madera de menos de un metro de largo y unos ochenta centímetros de alto, al que llamaban en Monumento.

En contraste con los obscuros días anteriores de la Cuaresma, hoy los templos encendían todas sus luces, las velas estaban encendidas y el olor a incienso y flores llenaba el ambiente y los pulmones.

Antes de salir, en unos canastitos dejábamos una limosna y a cambio nos entregaban un ramito de manzanilla y unos pequeños y durísimos panes. Con el tiempo supe del simbolismo de las hojas y flores y del pan. En el día hoy llamado por los cristianos Jueves Santo, los judíos, Jesucristo incluido, celebraban su fiesta más importante: la Pascua, es decir la liberación de Egipto.

Cuando a los israelitas el faraón les permitió salir de Egipto estaban muy pobres: comían hierbas del desierto y panes sin levadura, duros, durísimos. De ahí que al celebrar ahora la Pascua cristiana en los templos nos dieran la manzanilla y los panecitos.

En todos los templos estaba el monumento: flores, velas y luces y la misita con manzanilla y panes. Lo que variaba era el itinerario de las vistas. Así algunos años pasamos por Santa Catarina y Santo Domingo y después tomamos hacia el poniente por la calle de Belisario Domínguez para llegar al templo de San Lorenzo, magníficamente modernizado con ayuda de Matías Goeritz por un cura español, refugiado y periodista muy culto: don Ramón de Erzte Garamendi.

Rodea a San Lorenzo un edificio antiguo, un viejo claustro en donde se dieron algunos de los inicios primeros, como escuela técnica, de lo que hoy es el Instituto Politécnico Nacional. En ese edificio Juan de Dios Bátiz, Wilfrido Massieu, Luis Enrique Erro, entre otros, imaginaron y, conjuntando varias escuelas, establecieron, cuando más falta hacía, la mejor educación técnica de nuestro país. Sí ahí, a un lado de San Lorenzo.

Una calle más hacia lo que hoy se llama Eje Central Lázaro Cárdenas visitábamos en Templo de la Concepción, que está frente a un hermoso jardín que alberga a una pequeña capilla redonda colonial. Al salir de la Concepción, caminábamos por el callejón del Cincuenta y Siete y cruzando por la incomparable Plaza Tolsá y por el Callejón de la Condesa llegábamos a la calle de Madero y a sus tres magníficos templos. En menos de trescientos metros en esta calle: templos y además el Palacio de Iturbide, la casa de los Azulejos, el Museo del Estanquillo, etc.

Ahí con la multitud entrábamos a San Felipe Neri, conocido como La Profesa pues fue el destinado a terminar de formar a los jesuitas de México – por ahí pasaron Landivar, Clavijero, Alegre, etc., que fueron los maestros del padre Hidalgo y que cuando fueron expulsados dieron en Europa los primeros testimonios de nacionalismo mexicano.

Templo este de la Profesa de arte neoclásico extraordinario con una gran pinacoteca lugar donde se dieron las pláticas para unir a Iturbide a la causa insurgente. Por ahí pasaron quienes, jesuítas, se dieron cuenta que no eran ni españoles ni indígenas, que eran otro asunto: mexicanos se llamaron.

A una calle y media por Madero y siempre formando parte de una multitud llegábamos al templo Expiatorio de San Felipe de Jesús en el que día y noche se adora a Jesús en la Eucaristía y que fue construido, a finales del siglo XIX, con dinero de la toda la República como símbolo de unidad nacional. Está ahí sepultado Félix de Jesús Rogier que con la dirección de una viuda con muchos hijos: Concepción Cabrera fue cofuundador de la Congregación del Espíritu Santo. Para que se siga diciendo que las mujeres no han tenido lugar en México.

El templo de San Francisco nos trae el recuerdo del primer gran colegio de indígenas, el de San Juan de Letrán y de los misioneros que construyeron a la nueva Patria. Por ahí pasaron Gante, Motolinía, Sahagún, Juan de Zumárraga; en ese lugar se dio el primer violento enfrentamiento entre los frailes y la autoridad española con motivo de la explotación de los indígenas. De tan violento fue el encuentro que a un gachupín le falló la puntería de su lanza y por ese motivo Fray Juan de Zumárraga no se convirtió en mártir, solamente salió con su hábito desgarrado.

En la calle de Francisco I. Madero una romería inacabable y en los templos la contemplación del famoso Monumento. En ese cofre se guardan las hostias consagradas, las que están en el sagrario de cada altar mayor. El Jueves Santo se recuerda que, en la cena de Pascua Jesús, como hacían todos los jefes de familia judíos, tomó el pan y el vino y lo ofreció a los concurrentes. Jesús hizo un cambio esencial ya que expresó: Tomen y coman de este pan que es mi cuerpo y al ofrecer la copa con el vino dijo: tomen este vino que es mi sangre y que será derramada para el perdón de los pecados. En esa cena, pues, Jesucristo fundó el que después llamaron sacramente de la buena gracia – en griego Eucaristía – y que se repite en todas las misas.

La visita de las Siete Casas comenzaba por ahí de la cinco de la tarde al terminar una ceremonia muy solemne para conmemorar la fundación de la Eucaristía y en la que, con el lavado de pies de doce personas, se recordaba que Jesús, antes de empezar la cena, les lavó la pies a sus discípulos para expresarles con hechos lo que fue lo esencial de su enseñanza: el más importante es quien debe – tarea que era de esclavos – lavar los pies, es decir servir humildemente a los demás.

Terminada esta ceremonia las hostias se guardaban para volver a hacer presente que Jesús esa noche sería apresado. De ahí que en algunos templos la única imagen descubierta era la de un Jesús preso, con la corona de espinas y dentro de una celda carcelaria.

En otro itinerario después de Santa Catarina y del templo de la Virgen del Carmen que fue el lujo del barrio de Tepito pues con sus candiles, su baldaquino de mármol, su órgano y gran coro sobrepasaba casi a cualquier otro templo de la ciudad, visitábamos al templo de Santa Ana en Peralvillo que guarda una placa que nos recuerda que en ese lugar dijo su primera misa Mariano Matamoros. Ya en el corazón del barrio de Tepito – viaje que hoy y más por la tarde noche sería suicida – visitábamos a la Concepción Tequipeuhcan que significa: “aquí comenzó la esclavitud” La parroquia tiene una placa en recuerdo, triste recuerdo pues ahí fue apresado el joven abuelo Cuauhtémoc y su familia.

Avanzábamos después hacia la amplia calle de Fray Bartolomé de las Casas y entrábamos a la Parroquia de San Francisco que pared de por medio ya tenía la famosa cancha de fut bol del llamado Maracaná.

Del barrio salíamos sin ningún problema de petición de recursos financieros y materiales – robo, pues- y después de pasar por enfrente del cine más grande de la ciudad de México el cine Florida y de cruzar por un pequeño y hermoso jardín con una torre depósito de agua muestra de lo mejor de la arquitectura del porfiriato llegábamos a San Sebastián que fue la primera ermita que tuvieron los padres carmelitas a su llegada a México. En una placa está recuerdo de don Gregorio Torres Quintero que en una casa adjunta inventó y probó con éxito el método de lectura onomatopéyico – o sea fundado en el sonido de las letras – con el que aprendieron a leer y aprendieron muy bien nuestros padres y abuelos.

Para completar las siete casas entrábamos al grandioso templo dedicado a la Virgen de Loreto con una de las cúpulas más grandes de América. A un paso el colegio de San Gregorio, hoy Universidad Obrera, que fue colegio de indígenas y el templo San Pedro y San Pablo destinado un tiempo a Hemeroteca Nacional y hoy un museo que nadie visita. Todo ello construcción de los padres jesuitas creadores también del Colegio de San Idelfonso.

Itinerario éste de gran historia: de los insurgentes a Cuauhtémoc y del porfiriato y su educación a la formación de un pueblo con las escuelas de los jesuítas. Itinerario que debería ser orgullo de un país y que hoy es imposible pues los templos están sitiados por el ruido, la suciedad, la inseguridad. Hoy, ni siquiera hay muchos jóvenes en el Maracaná, ni mucha gente en los templos. Es la droga, la delincuencia, la venta de piratería, etc., quienes vencen. El barrio muere, gracias a todos los jefes de la Ciudad de México desde 1988, pero algún día volverá a vivir.

Cuando por la noche se cierran los templos que acogieron a la multitud en la visita de las Siete Casas, comienza el recuerdo del camino al Calvario y la muerte de Jesús. El altar queda sin manteles, todas las imágenes permanecen cubiertas con telas moradas, no hay música y ni siquiera se usan las campanillas que acompañan a la misa. Lo único permitido es el ruido de una gran matraca. De ahí que después de la visita de la Siete Casas era obligada para los niños la compra de matracas mismas que íbamos sonando durante el regreso a la casa.

Con la pandemia se acabó la visita de las siete casas, pero hoy que recuerdo las visitas hechas hace más de cincuenta años, agradezco el cuidado de los sacristanes y los sacerdotes que ponían un hermoso monumento que nos deslumbraba con sus luces y nos agradaba con sus flores.

Me llena de ternura recordar a mis amigos, a mi hermano, a mi madre y a algunas vecinas en ese caminar y entrar a los templos para, como nos decían, acompañar a Jesús en su prisión.

Ya hoy viejo me atrevo a escribir esto para invitar a gozar en algo la maravilla de la liturgia, de los templos del Centro que son una lección donde la historia y la religiosidad construyen nuestra cultura y sociedad. Nos regalan nuestra identidad.

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