PARA EL DÍA DEL MAESTRO. GRACIAS A DON HILARIO Y A DON CEFERINO. Crónicas a los 75 años

Alejandro Cea Olivares

A la pregunta sobre qué me hacía falta para realizar mejor mis funciones, en un cuestionario dirigido a mandos de la burocracia, escribí sin pensarlo mucho: “Haber tomado más en serio mi educación primaria”. Recibí, dos días después y por la red, la llamada del encargado de evaluarnos a los jefes: “No estoy de acuerdo con qué usted haga chistes en un cuestionario tan importante que es para la Presidencia”. Le contesté: Recuerde usted lo que aprendió en la primaria y lo que significa para la vida y para el trabajo y después me regaña. Colgué el teléfono.

La prepotencia del burocratón fortaleció mi certeza de lo esencial de mi escuela primaria. Ahí aprendí a leer y a gustar, a soñar con la lectura; mis maestros me iniciaron en el uso de los números; me enamoraron de la historia – llena de héroes – y de la geografía – variada y rica – de mi país y me abrieron la mente para comprender que más allá de mi vista había todo un universo de estrellas, planetas, galaxias, cometas y más acá de lo que pudiera ver estaba otro cosmos de lo pequeño: células, virus, bacterias y yo: mi cuerpo, mi inteligencia, mis capacidades estaban ahí como parte de estas maravillas que le llamaban naturaleza.

Y algo más importante, mucho más importante me ocurrió pues en la escuela viví la emoción del amor a la bandera y aprendí de la importancia del equipo para poder triunfar, descubrí el valor de los amigos. Tuve además la experiencia de ser parte de algo grande, poderoso, lo que después supe que se llamaban instituciones con sus normas, con sus leyes. Más no podía pedir.

Después de la primaria he tenido grandes maestros, pero todo lo que he podido avanzar es gracias a los fundamentos de aprendizaje y de personalidad que recibí. Después he tenido amigos y compañeros, pero el criterio de lealtad, de entrega lo aprendí en el campo de juego y hasta en el campo de honor de mi escuela

Este día vienen a mi memoria mis dos primeros maestros. El de primer año don Hilario Martínez y Martínez cercano a los treinta años, aunque ya calvo. Nos miraba sonriente. Nos hizo gustar de la lectura y de las sumas y restas, comenzó a platicarnos de México.

Recuerdo que nos devolvía nuestras pruebas y algunos niños borrábamos los errores y escribíamos la buena. Le reclamábamos mejor calificación. Mi maestro Martínez nos dio la primera gran lección de moralidad: al que haga trampa lo repruebo, pero lo importante es que ustedes resuelvan bien los problemas ¿de qué les sirve sacar diez sino saben? Inolvidable esta primera enseñanza.

El maestro de segundo con chaleco y saco tenía más de sesenta años: Don Ceferino Villagómez Amador él continuó y culminó la obra anterior. Derechitos tomando el libro con una mano, nos ponía a leer en voz alta, nos enseñaba a impostar la voz. Gozábamos así de la lectura. De matemáticas ni se diga aprendimos sin sufrir y sin casi darnos cuenta con risas, con concursos, con ejemplos las tablas de multiplicar y nos convencimos que con ellas se hacen más fáciles el sumar muchos números.

Faltando un par de meses para el fin del curso nos inició en el mundo de las fracciones. No quiero nos dijo que el año que entra su maestro diga: “Con razón vienes tan mal si estuviste con Villagómez”. Sus alumnos pasamos un tercero feliz.

El maestro Villagómez rara vez salía al recreo, ya para sonar la campana daba el nombre de tres o cuatro para quedarse a repasar con los que se habían retrasado.

El día que nos daba historia corríamos a recibirlo pues le cargábamos el tomo correspondiente del México a través de los Siglos con el que llegaba. Con él tuve el primer contacto, aunque sólo como estibador de un gran libro y supe físicamente del gran peso de la historia.

Don Hilario y don Ceferino vivían modestamente. Uno en un lugar de pequeños departamentos en la calle de Justo Sierra y el otro en una casita de las que llamaban entresoladas – de un piso con un sótano enano – en la plaza de la Santísima, ambos en el Centro.

Para que les agradezcas, mi madre primero me llevaba y después me mandaba ya siendo exalumno un par de veces al año a llevarles un regalo. Me quedó el recuerdo de una mesita de madera del maestro Martínez con los cincuenta cuadernos de sus alumnos y la sala ya con la tela muy luida del maestro Villagómez. Me quedó su sonrisa, su gusto por la vista, su interés por saber de mi y mis compañeros.

Hoy día del maestro admiro su sencillez, su habernos conocido desde la primera semana a sus cincuenta alumnos por nombre, apellido y mañas y por habernos hecho sentir equipo, grupo y habernos enamorado del mundo y del saber. Por ustedes pude seguir aprendiendo con gusto y por ustedes, me siento mexicano orgulloso de serlo.

En el día del maestro recordemos cada quien a nuestros Martínez y Martínez y a los Villagómez Amador que nos dieron lo mejor que tenemos y que a mí me hicieron defender, ante la llamada de atención, a la escuela primaria como el fundamento de mi trabajo pues me enseñó a manejar a información, usar las matemáticas, admirar las ciencias,ser responsable, formar equipo y sentirme parte responsable de una gran historia etc., y ¿por qué no decirlo, como algo de lo mejor de mi vida?

Gracias maestros, gracias.

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