Una de las razones que podría esgrimir para argumentar el orgullo que siento por mi padre, es su extraordinaria capacidad de abnegación, tanto para entregarse al deber en el trabajo, como para renunciar a aquello que no le correspondía, aunque pudiera acceder a ello en bandeja de plata.
Me vienen a la cabeza una serie de anécdotas que ilustran llamativamente lo que estoy afirmando: por ejemplo, de aquel día en el que fui a buscarle a la oficina donde trabajaba: pasamos ambos por el almacén de material, donde se guardaban multitud de utensilios de papelería. Al encontrarme con todo aquel tesoro, yo, un niño de Colegio, enseguida se me ocurrió tomar este bolígrafo, aquel lápiz, la goma de borrar, el pegamento… y un sinfín de enredos para auxiliar el estudio y la escritura, en los cuales hallé en seguida necesidad, por superflua que esta fuera. La respuesta de mi padre al requerimiento mío de equiparme con todas aquellas golosas herramientas, fue que no me preocupara, que él me compraría en la tienda todo lo que necesitara para el Colegio, porque ese material presente ante nuestra vista, y sin testigos verificafores de lo que ocurría, era de la oficina, y para uso exclusivo de aquel lugar de trabajo.
Mi padre era una persona concienzudamente dedicada a su labor, con toda la responsabilidad. No podía consentir algo hecho chapuceramente, o realizado fuera del protocolo pertinente. En alguna ocasión venía a verle un alcalde, de parte del Consejero o del Presidente, para pedirle verbalmente que iniciara una obra para su pueblo, y mi padre, aún a sabiendas de que se ganaba la antipatía del poderoso, le tenía que explicar que todas las actuaciones adminitrativas, están sujetas a un trámite y a un protocolo, que estaba lejos de haberse iniciado con una petición verbal, por mucho que viniera en boca de un alcalde, amigo del Consejero y del Presidente.
Como en otra ocasión que se negara a firmar el proyecto de una carretera, porque el trazado de una curva era manifiestamente peligroso, e instó a que se modificara, a pesar de la justificación de falta de presupuesto. Como quedaba bloqueada esta obra, de no estampar él su rúbrica en el proyecto, acabaron por hacer una nueva curva, bajo todas las garantías de seguridad para los conductores.
Mi padre era escrupulosamente cuidadoso y honrado, especialmente cuando era responsable de algo que le era ajeno. Por ejemplo, cuando se le encargara la gestión de la explotación agrícola de la familia de mi madre, dentro de la cual tenía acceso a los movimientos bancarios. Pues, no solo consiguió levantar de la ruina un negocio ganadero, maltrecho por la decrepitud de mi abuelo, sino que cada año reunía a la familia de mi madre, y les rendía las cuentas de su gestión, de la cual guardaba todas las prevenciones legales exigidas. Y todo esto, trabajando sin cobrar nada, porque suponía él que aquel negocio un día revertiría sobre sus hijos.
Desde luego, de lo que él dependiera, ninguno de los obreros se quedaba en la precariedad de un salario por debajo del mínimo estipulado legalmente, ni dejaba a nadie sin sus correspondientes cotizaciones a la Seguridad Social, cosa que no todos los empresarios podían presumir.
Mi padre se ganó siempre el pan con el sudor de su frente, reconocido esto de forma literal, porque, más que en él, cuando trabajaba hasta la extenuación, pensaba en su familia, con tantas necesidades como generábamos, y, debo reconocerlo, con la misma falta de gratitud por ese esfuerzo abnegado de mi padre, capaz de salir a tasar los daños en el campo, para una Compañía de Seguros, todas las tardes del mes de julio, a partir de las dieciseis horas, en la calurosísima Extremadura. No fue por gusto tal derroche de facultades físicas e intelectivas, sino para poder pagar a sus hijos la Universidad, y un futuro que mejorara nuestro presente con creces.
Pero mi padre también nos daba lecciones personales, y no solo con su ejemplo. Recuerdo con cierta amargura, pero con alegría en el fondo, el día en que me pillaron en un centro comercial, guardándome una pequeña linterna con forma de pez, de la cual me había encaprichado, ante la negativa de mi padre a comprarme tal objeto. El empleado del centro comercial que me delató, le pidió a mi padre que me comprara mi capricho, pero mi padre, sumamente enojado conmigo, continuó negándose, y, sin ponerme la mano encima, me sometió a tal chantaje emocional durante el resto del día, que jamás se me ha vuelto a ocurrir adueñarme de nada que no me pertenezca legítimamente.
FRAN AUDIJE
Madrid,España, 3 de febrero del 2024
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