Con motivo del fallecimiento de uno de los miembros de nuestra promoción de 1987, Miguel Ollero, de tan alegre y grata memoria, he estado buscando en el baúl de los recuerdos, y he encontrado este viejo escrito inédito sobre nuestro querido Colegio San José, de Villafranca de los Barros, en la Extremadura pacense, donde expongo mis recuerdos de aquel único, pero fructífero año, que me marcó de una manera singular y especial. Los jesuitas, y los compañeros del Colegio, no me dejaron indiferente, creo que puede apreciarse en este viejo escrito:
“Ya me hubiera gustado estudiar en el Colegio San José, muchos más años, incluso toda mi juventud. Mi familia por parte materna, se educó, en una amplia mayoría, en los jesuitas, y muchos de ellos, en el Colegio San José de Villafranca. Mi bisabuelo, Juan Gil Galán, natural de Logrosán (Cáceres), estudió en el Colegio de La Guardia, y tenía muchos amigos extremeños, que copaban aquel Colegio, pues era el más cercano Colegio jesuítico a nuestra tierra. Uno de esos amigos, de Villafranca de los Barros, pertenecía a la familia que gestionó con los jesuitas la fundación del Colegio San José.
Muchos tíos míos estudiaron en el Colegio San José, como los siete hijos de la familia Calzada Gil, y el único hermano de mi madre, mi tío José María Pacheco Gil, que es un reputado oncólogo en Estados Unidos. Esto es por poner solo algunos de los ejemplos más significativos. Debido a esta tradición familiar, mi madre era una gran admiradora de los jesuitas. Siempre hablaba muy bien de ellos, y nos contaba anécdotas de nuestros familiares con los jesuitas…
Mi bisabuelo, Juan Gil Galán, que era abogado y ganadero, se encontraba en Madrid, casualmente, en uno de aquellos terribles días que fomentaron el estallido de la Guerra Civil, cuando pudo presenciar a las turbas quemando iglesias y asaltando conventos. Como sus hijos estudiaban en Chamartín de la Rosa, se acercó rápidamente a aquel Colegio, para alertar a los jesuitas, aconsejarles que se vistieran de paisano, y abandonaran aquella Comunidad. Poco tiempo después, el Colegio de Chamartín de la Rosa fue quemado por los revolucionarios.
No es de extrañar, pues, que yo también me convirtiera en un ferviente admirador de los jesuitas, arrastrado por las historias y por las referencias que nos contaba mi madre. En mi mente infantil e inmadura, los había idealizado. Para mí, los jesuitas eran unos verdaderos héroes, a pesar de que no los conocía, por aquel entonces.
Sin embargo, yo realicé mis estudios básicos y de bachillerato, en el Colegio Diocesano de Cáceres, la ciudad donde vivíamos. La razón es muy simple: Cáceres es una capital que cuenta con todos los servicios, no siendo muy normal que los cacereños salgan de su ciudad a satisfacer necesidades, pues las tienen casi todas cubiertas en su municipio. Lo normal, más bien, es que el resto de la provincia vaya a Cáceres a proveerse y a resolver asuntos burocráticos. Supongo que por esta razón mis padres no pensaron en llevarme a Villafranca, a pesar de la tradición familiar.
No obstante, el destino es caprichoso y puede dar muchas vueltas. El Colegio Diocesano, donde realicé la mayor parte de mis estudios, nunca había contado con el último año del bachillerato, que, por aquellos años, era el denominado COU (Curso de Orientación Universitaria). Pero justo el año que yo terminé 3º de Bachillerato, el Diocesano decidió impartir COU en el centro de enseñanza, con lo cual yo y mis compañeros seríamos los primeros en inaugurar el COU allí. Muchos de mis compañeros, y yo mismo, nos planteamos hacer COU en otro centro, ya que el Diocesano, como es lógico, carecía de bagaje y de experiencia, y queríamos ser bien formados, de cara al acceso a la Universidad. En ese dilema andábamos, cuando uno de mis mejores compañeros y amigos, me comentó que estaba considerando la posibilidad de irse a estudiar al Colegio San José de Villafranca. Él me animaba a que yo le acompañara, y a mí se me pusieron los dientes largos. Se lo propuse a mis padres, y les pareció una excelente idea.
Presentamos ambos amigos nuestra solicitud de admisión en Villafranca, y nuestras familias hablaron con el P. Solís, que era un conocido jesuita, el cual, por entonces, vivía en una pequeña Comunidad que la Orden conservaba en Cáceres. Como el P. Solís conocía a nuestras respectivas familias, de lo que se trataba es que el jesuita diera buenas referencias nuestras en el Colegio, de cara a la admisión. Ambos amigos fuimos entrevistados por el P. Rector, y la entrevista no nos salió mal, pero sacamos la conclusión de que el P. Rector no estaba muy animado a admitirnos a ninguno de los dos. Intentó desencantarnos sobre el Colegio San José, sacando a relucir una serie de pegas e inconvenientes. En mi caso concreto, mantuvimos un debate, en el que yo le rebatía al P. Rector, todos los argumentos negativos que esgrimía, y, cuando nos despedimos, el P. Rector se me quedó mirando con una sonrisa, y dijo: “Lo que está claro es que tienes muchas ganas de estudiar con nosotros”. Al final, quedó una sola plaza vacante, que me fue concedida por mi enorme convencimiento en estudiar con los jesuitas.
Muchos amigos y familiares de mis padres, les desaconsejaban esta aventura mía en Villafranca, en un año tan crucial como el COU, y teniendo en cuenta que yo provenía de un Colegio, en teoría, con un nivel más bajo; y que mis calificaciones tampoco eran muy allá. Pero mis padres tuvieron en cuenta lo motivado que yo estaba, y que no les gustaba dar espectáculos de despotismo con sus hijos. Eso sí, me advirtieron que para ellos suponía un esfuerzo económico importante, llevarme a estudiar a un internado, y que iba a ser una oportunidad única. Como yo era consciente de las críticas a esta decisión, y de las advertencias de mis padres, me comprometí conmigo mismo, a no escatimar en horas de estudio, y esforzarme al máximo.
Cuando llegué al Colegio, me sentí muy bien acogido por la mayoría de compañeros. Eran chicos, por lo general, sencillos y sin prejuicios, que buscaban la amistad. Intentaron integrarme entre ellos desde el primer momento, y noté que eran sensibles a la circunstancia de llegar por primera vez a una sociedad desconocida, y, en cierto modo, extraña. Los profesores, desde el primer momento, fueron serios, pero procuraron romper el hielo, y me trataron siempre con cierto desenfado.
Guardo un recuerdo especial de Reyes, nuestro profesor de Historia del Arte, que con la excusa de que había estudiado en Cáceres la carrera, se acercó a mí con una gran actitud de acogida. A nuestro tutor, el P. Mateo, le fui conociendo y apreciando poco a poco. He de reconocer, ahora que no nos oye nadie, que al principio no hicimos él y yo muy buenas migas. Pero, a lo largo del aquel curso inolvidable para mí, nos fuimos comprendiendo y queriendo. Desde estas líneas, le envío hasta el Cielo un fuerte abrazo, y mi gratitud.
Una de las cosas que más llamó la atención de mí a los compañeros, fue mi obsesión por el estudio, sobre todo en los primeros meses. Yo me encerraba en mi camarilla a estudiar, y hacía poca vida social. Muchos creyeron que yo era un empollón, y un tío de lo más raro. No era así, en la realidad, aunque mis complejos de adolescente, por aquella época, me limitaban, he de reconocerlo. Como he dicho anteriormente, la gente de mi familia y de Cáceres, pensaban que yo iba a fracasar en Villafranca. Esto me condicionaba mucho, y suponía una presión extra, para que me aplicara en el estudio. Gracias a estas circunstancias, yo no hacía una gran vida social, pero pude sacar adelante el curso, que estaba repleto de pruebas y exámenes, exigiendo una gran concentración y nivel de conocimientos.
También quiero expresar un enorme agradecimiento hacia el P. Sevilla, y hacia mis amigos y compañeros del grupo de reflexión cristiana, que nos reuníamos una vez a la semana con este venerable jesuita. Una noche que yo tenía la cabeza metida en los libros y los apuntes, se presentaron en mi camarilla, Juan Luis García Zapata, Pedro Manchón, Juan Sanz Salazar, y José Carlos Pérez Berenjena, y me invitaron a acompañarles a aquel grupo.
Desde el primer momento, esta hora, u hora y media, en la que debatíamos sobre temas cristianos, con el apoyo del libro recién escrito por el P. Sevilla: “La mejor espiritualidad”, se convirtió en un escape para mis preocupaciones sobre la marcha del estudio, y también supuso un gran complemento formativo en mi vida. Otro abrazo, con mucho cariño, para el P. Sevilla, que se sorprendía de que no hubiera ido a estudiar antes a Villafranca, y me propuso ser jesuita. Os confieso, que yo le respondí: “Padre, es que me gustan mucho las mujeres”; a lo que él contestó: “Precisamente es lo que buscamos, hombres a los que les gusten las mujeres”.
Recuerdo que nos mandaron un trabajo sobre la Generación literaria de 1898. El espacio mínimo que debía ocupar eran 40 páginas, y rivalizábamos entre los compañeros sobre la longitud de los trabajos, y la rapidez en la factura de los mismos, en todo lo cual yo iba de los más rezagados. Al cabo de un mes, se dijeron las notas en clase: ante la sorpresa de todos, y la mía propia, mi trabajo mereció uno de los pocos nueves sobre diez que se concedieron. Los trabajos se me daban mejor que los exámenes, y como, además, me gustaba escribir poemas, mi amigo Berenjena bromeaba, diciéndome: “Tú trabajarás en una de mis empresas, y serás el poeta de la empresa”.
Ya que hablamos de Berenjena, tengo que recordar que fue el que me “Robó” el papel protagonista en la obra de teatro que representamos el día del Colegio. Cuando el P. Mateo nos convocó para hacernos unas pruebas, y adjudicarnos los papeles, a mí me dio el primer papel de la obra, y a Berenjena uno de los papeles más discretos. Empezamos los ensayos a contra reloj. La obra era “Con la vida del otro”, de Carlos Llopis. Tenía un primer Acto, que era de tipo dramático. El P. Mateo no me hacía ninguna observación, al representarlo. Los siguientes Actos, eran totalmente cómicos, y el P. Mateo no paraba de llamarme la atención. Al final, el P. Mateo decidió darle mi lustroso primer papel a Berenjena, y a mí me dio el pequeño papel de Berenjena. La representación de la obra fue un éxito, y Berenjena encandiló al público, con su innata gracia andaluza. Otro compañero, que me vio un poco decepcionado, me animaba diciendo: “No te preocupes, que aquí lo que vale es pasar a la Universidad, después de aprobar un curso como este, en un Colegio como el San José de Villafranca”.
Quiero dirigir un último recuerdo emocionado, de aquel año decisivo, a un gran maestro de vida, como fuera el Dr. Jauregui, profesor de Filosofía, y alma áspera, que hacía honor a su descendencia navarra, pero con un corazón de oro. Nos enseñaba su asignatura, para que despuntáramos en la Selectividad, pero haciendo destacar de cada corriente filosófica, las enseñanzas más interesantes y prácticas, para nuestro devenir diario. De vez en cuando se paraba en medio de la clase, y hacía un gesto muy característico con la mano, al tiempo que decía: “Sed normales…” Todos sonreíamos, en nuestras conciencias inmaduras de aquel año, y era la comidilla de nuestras tertulias aquel gesto simpático; porque, además, Jauregui blandía una protuberancia enorme en la punta del dedo índice de su mano, lo cual hacía más jocosa aún aquella anécdota.
Hoy, desde mis 48 años de edad, y después de haber padecido mucho en esta vida, tengo que decirle a don Jesús Jauregui, que ahora sí he entendido lo que quería decir, que le mando un abrazo grande hasta el cielo, y muchas gracias, que, por muchas que sean, siempre serán pocas”.
FRAN AUDIJE
Madrid, España, 21 de abril del 2026
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