I. DESDE UN MIRADOR
Si alguna vez hubo una obra que aspiró a comprender el entramado social en toda su extensión —desde las altas cumbres del poder hasta los sótanos del olvido— fue La comedia humana de Honoré de Balzac. Su empresa, sin embargo, no era meramente literaria: era científica, moral y, en cierto modo, teológica. Balzac no se contentaba con describir; pretendía clasificar, desentrañar, diagnosticar.
Hoy, dos siglos después, la comedia continúa. Los personajes han cambiado de indumentaria, pero no de esencia. Donde antes había salones, ahora hay oficinas en penumbra; donde había nobles, hoy hay administradores de intereses difusos; donde había criados, hoy hay servidores con menos nombre pero igual función. Y sin embargo, el drama humano —esa mezcla de ambición, miedo, ternura y desesperación— permanece intacto.
II. LAS POSICIONES
A pesar de todas las ilusiones modernas de igualdad, los hombres siguen naciendo en posiciones desiguales. El lenguaje contemporáneo, más dado a la cortesía que a la verdad, ha preferido hablar de oportunidades, de movilidad, de mérito. Pero la realidad, en su obstinación, nos recuerda que la cuna condiciona, y a menudo condena.
La posición que uno ocupa en el orden social —ya sea por nacimiento o por devenir— determina en gran parte los afectos que se experimentan, los temores que se cultivan, las ideas que parecen naturales y las que resultan extrañas. No se trata aquí de relativismo, sino de una constatación empírica: cada lugar ofrece una perspectiva parcial y, por tanto, una ignorancia particular.
Ahora bien, si es así, ¿cómo comprender a los otros sin haber vivido sus vidas? ¿Cómo alcanzar esa universalidad sin la cual la cultura se vuelve estrechez de miras y la moral, prejuicio disfrazado?
III. LA CONDICIÓN CONTEMPORÁNEA
El drama específico del presente más allá de la injusticia —que ha sido compañera constante de la historia—, es el desajuste entre lo que se es, lo que se cree ser, y lo que se quisiera ser. El hijo de campesinos que accede a la universidad se siente extranjero en su propia lengua; el hombre acomodado que pretende hablar en nombre de los pobres suele terminar caricaturizándolos; la mujer que trabaja con las manos contempla con distancia el mundo de los discursos abstractos, y tal vez con total razón.
Este desajuste no es patológico en sí, pero puede volverse fuente de neurosis colectiva. Cuando cada cual interpreta un papel distinto al que su experiencia íntima le ha enseñado, se produce un teatro donde todos actúan y ninguno se lo cree. La falta de autenticidad es, mas que un defecto moral, una penosa necesidad de adaptación. Pero las consecuencias no dejan de ser inquietantes: se vive sin saber del todo quién se es, y por tanto sin saber qué se debe hacer.
IV. NOBLEZA Y SIMULACRO
Lo que antes era prestigio derivado del nacimiento, de la virtud o del servicio, hoy ha sido sustituido por formas más sutiles de reconocimiento, igualmente arbitrarias. Se otorga valor a la notoriedad, al discurso, al relato. La nobleza se ha convertido en representación. Y, como en toda representación, el peligro no está en el papel, sino en olvidar que se trata de una ficción.
No se pretende aquí despreciar la vida pública ni la legítima aspiración al aprecio ajeno. Pero sí conviene recordar que la dignidad humana no reside en la visibilidad, sino en la conciencia de lo que uno es, de lo que debe ser, y del oportuno lugar que se ocupa entre los otros. Esa conciencia es rara, frágil, pero imprescindible.
V. EMPATÍA E IMAGINACIÓN
Y sin embargo, sigue siendo posible —y necesario— comprender. No en el sentido de justificarlo todo, sino de acoger mentalmente lo que pudo habernos tocado. En un mundo verdaderamente humano, nadie se atrevería a despreciar a otro sin antes preguntarse si habría soportado sus pruebas, si habría resistido sus tentaciones, si habría sabido obrar mejor en circunstancias semejantes.
La imaginación moral es, pues, la única forma seria de política y de pedagogía. Un médico no puede curar si no se ha representado, al menos por un instante, lo que significa padecer. Un juez no puede dictar sentencia sin recordar que él mismo podría estar del otro lado del estrado. Un maestro no puede enseñar si no ha sentido, en alguna medida, la oscuridad del que aún no comprende.
VI. CAMINO HACIA LA DIGNIDAD
No se trata, pues, de abolir las diferencias ni de fingir que todos son iguales en todo. Se trata, más bien, de recordar que la humanidad de los otros nos concierne, no como un deber abstracto, sino como una posibilidad real: podríamos haber nacido en su lugar, y quizá algún día estemos allí.
Balzac quiso retratar a todos los hombres para enseñar al lector a comprenderse mejor a sí mismo. Tal vez, en el siglo XXI, la tarea sea inversa: comprenderse para no despreciar a los otros. La literatura, la filosofía, la medicina y el derecho —si no han perdido su vocación— deben contribuir a esa empresa: restaurar una imagen del hombre que no sea caricatura ni moneda.
El mundo no necesita más espectáculo: necesita atenta y tierna mirada… Y acaso un nuevo Balzac, que no describa tanto lo que hacemos, sino lo que somos realmente cuando dejamos de fingir.
— Genaro Valdovinos (2026).
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