13 DE AGOSTO, A 505 DE LA RESISTENCIA DESDE TENOCHTITLÁN



Ciudad de México, Juan Antonio García Delgado, 13 de agosto de 2026

Fotografía Facebook

Una de las justificaciones más recurrentes de la invasión española y del genocidio cometido en Mesoamérica y en todo el continente, es la de los sacrificios humanos que, se dice, cometían los pueblos originarios causando miles y miles de víctimas. Las pruebas que se ofrecen al respecto van desde los textos que escribieron los propios invasores, como la Cartas de relación de Hernán o Hernando Cortés; la Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España, del soldado Bernal Díaz del Castillo, y la Historia general de las cosas de la Nueva España (o Códice florentino) de fray Bernardino de Sahagún que, como es natural, hicieron una versión histórica acorde a los intereses de la corona española.
Hay otras fuentes más dignas de confianza que, se podría pensar, son claras e irrefutables, como son los textos en náhuatl de nativos mexicas o texcocanos, que se contaban entre los pueblos más cultos. En particular encontramos los textos de Hernando Alvarado Tezozómoc, que se conoce como “historiador tenochca”. Sin embargo, no pensaba como mexica: nació entre 1520 y 1530, es decir prácticamente durante el dominio español. Aunque habló y escribió en náhuatl, fue educado por los frailes europeos, vestía como ellos y hasta usaba espada, pues el virrey Antonio de Mendoza le dio título de gobernador de México de 1529 a 1531. Es decir, era un nativo totalmente españolizado. No hay que olvidar que prácticamente toda la élite culta de los mexicas murió durante la matanza del Templo Mayor y durante la guerra de resistencia de la gran Tenochtitlán, que se extendió del 26 de mayo al 13 de agosto de 1521. En otras palabras, Tezozómoc escribió bajo vigilancia de la iglesia y de la nobleza española, en una época en la que estaba prohibido a los vencidos escribir su propia historia. A sus padres les impusieron los nombres de Diego Huanitzin y Francisca de Moctezuma. Es el mismo caso del texcocano Cristóbal del Castillo, quien escribió su relato, bajo vigilancia del clero, entre 1596 y 1599. Como sabemos, los españoles quitaron a los nativos sus nombres originales y le impusieron los nombres de sus dominadores, quienes, a su vez, los bautizaron obligatoriamente y fungieron como sus padrinitos, con lo cual se vieron en la obligación de besarles la mano, mala costumbre que se extendió en nuestros hasta finales del siglo XX.
En esos textos, nos encontramos con que –según fray Diego Duran, entre otros frailes historiadores– en 1447, durante la inauguración del Templo Mayor, se sacrificaron a 80 mil prisioneros en cuatro días de celebraciones, tras las victorias del tlatoani Ahuitzotl en la zona de las huastecas. Esto significa que sacrificaron a 833 personas por hora; es decir a 14 prisioneros por minuto durante las 24 de esos días, sin descanso. Una aberración más de las que abundan en la interpretación europea sobre la historia antigua de México, y cuya intención comunicativa es que los mexicanos desprecien y se sientan avergonzados de sus antepasados, que pierdan su identidad como nación. Sobre todo, que miren a los españoles como la nación que vino a salvarlos del “imperio sanguinario y cruel de los aztecas”, como se sigue difundiendo, por ejemplo, en revistas y programas de National Geographic e History Chanel, que asumen una interpretación eurocéntrica, colonialista y racista.
La otra fuente que sugiere más confianza pues es la visual, que suele obsesionarnos con más facilidad. Se trata de los códices cuyos dibujos se han reproducido por millones de copias durante generaciones enteras de mexicanos a través de los libros de la Secretaría de Educación Pública. En ellos podemos observar “y comprobar” que nuestros antepasados eran caníbales y realizaban sacrificios humanos de manera indiscriminada. Sólo que hay que hacer algunas precisiones: que el 97 por ciento de los códices escritos por los mexicas y demás pueblos nativos de Mesoamérica fueron quemados o destruidos implacablemente desde los primeros años de la invasión. El primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, se jactaba de que en su primer año de trabajo quemó o destruyó más de 19 mil códices, monumentos y objetos “diabólicos”. Es decir, obras narrativas y artísticas que relataban y explicaban la historia antigua, la medicina, la astronomía, la flora y la fauna, las tradiciones místico religiosas, que hoy día tendrían un valor inconmensurable.
En otras palabras, el 97 por ciento de la historia y la cultura fue destruida. Eso no fue una conquista, pues la connotación de conquistar es enamorar, encantar, seducir, convencer. Y Aquí no hubo nada de eso, por ello afirmamos que lo que tuvimos fue una invasión, una destrucción y un genocidio premeditados.
Enfatizar sobre los sacrificios humanos y reproducir dibujos de códices que no son de los derrotados mexicas ni de los pueblos originarios, sino de los invasores, es tergiversar la realidad de manera perversa. Y eso es lo que ocurrió: los códices que muestran a mexicanos comiendo pozole humano y arrojando sacrificados sangrantes de la cima de las pirámides o vertiendo sangre sobre deformadas imágenes de Huitzilopochtli, son invenciones de los europeos. ¿Con qué intención?
Bueno, ellos estaban particularmente interesados en exhibir a estos pueblos como sanguinarios, para lavar sus propias culpas. Su genocidio en las Antillas exterminó a la población local al grado que tuvieron que sustituirla con esclavos negros, lo mismo ocurrió en las costas de Brasil, de México y de Latinoamérica en general. La población de Mesoamérica llegaba a unos 30 millones de habitantes; al iniciar la guerra de independencia de 1810, la Nueva España tenía sólo 6 millones de habitantes. En todo el continente la población descendió en 90 por ciento, según los relatos de Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina. 
Por esa misma razón, le llamaron “imperio” a la autodefensiva alianza de tribus en torno a los mexicas, lo mismo que a la de los incas. El objetivo fue ocultar que los verdaderos imperios que dominan allende el mar estaban en Europa: los que esclavizaban, los que saqueaban, los que mandaban a los nativos por miles a los socavones de la muerte para obtener oro y plata. Por eso les llamaron “emperadores”, “reyes” o “monarcas” a nuestros semidesnudos tlatoanis. Los verdaderos imperios estaban naciendo en España, en Inglaterra, en Francia, en Holanda y en Portugal, que son los que invadieron y causaron genocidio en América, en África, Medio Oriente, Australia, y en el sudeste de Asia; en las islas del caribe y en el inmenso archipiélago de Indonesia, en donde hundieron a los pueblos en la miseria, en la ignorancia y en la esclavitud. Por eso se esforzaron en su literatura, desde Robinson Crusoe hasta las boberías de Tarzán en resaltar los mitos del canibalismo y de los “monarcas” nativos.
Lo hicieron, además, para ocultar que la sanguinaria monarquía española que encabezaron Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, incluyó el sacrificio de cientos de miles de judíos y moros en una historia terrible que está bien documentada, hecho que ocurrió precisamente mientras las hordas de su soldadesca masacraban a los pueblos originarios de América, que entonces no tenía ese nombre. En efecto, los historiadores más serios han calculado que unas 700 mil personas fueron asesinadas o murieron de hambre al ser expulsados de España, a muchos de ellos los decapitaban y colocaban sus cabezas sangrantes en picas, como castigo para los demás. (lo hicieron años después, cuando decapitaron a Tupac Amaru en Perú; a Miguel Hidalgo y Costilla, a Ignacio Allende, a Juan Aldama, a Pedro Moreno y a muchos héroes más de nuestra truncada Guerra de Independencia).
¿Quién sacrificó más personas, los colonialistas europeos, o los nativos mesoamericanos?
Desde luego, España era el pueblo más atrasado e ignorante de Europa –el último que entendió que la fuente de la riqueza no está en acumular tesoros, sino en producir mercancías– y en el que cundió la pobreza al perder sus colonias, pues todo lo compraban de Inglaterra, Francia, Flandes, e Italia, capitalistas. Y por su misma ignorancia dijeron que eran los “descubridores” de un continente y se proclamaron dueños de tierras y vidas. Por lo mismo nos clasificaron como “indios” o como “indígenas”, equívoco que siguen reproduciendo desde intelectuales hasta nuestra presidenta de la república. Si somos de América nuestro gentilicio a América. Si somos hablamos en maya, nuestro gentilicio es mayas; es absurdo que nos encimen otros que no nos corresponde: “indígenas mayas”; pues lo indígena o lo indio viene del error original de la nobleza española.
Cambiar los nombres de calles, pueblos y lugares impuestos desde España para enaltecer la invasión, es una decisión que aplaudimos. Es absurdo que las callen centrales de nuestra capital no lleven los nombres de los héroes de la resistencia. Cuauhtémoc, Cuitláhuac, y el calumniado Moctezuma; que una de las calles principales del centro Histórico lleve el nombre de la criminal Isabel de Castilla o que al viejo pueblo de Cuitláhuac le hayan quitado el sufijo para dejarlo en Tláhuac, sólo por el odio al más heroico de nuestros tlatoanis. Fuimos los primeros (Historia del pueblo de México, de la fundación a la anexión, editorial Claridad, 2017) en proponer que ese Árbol de la noche triste debería llamarse Árbol de la noche victoriosa, pues quienes ganaron fueron los nativos de la alianza mexica y no los invasores europeos. Cambiar el nombre del hermoso paraje que cruza la majestuosa montaña de Iztaccíhuatl, es un pequeño paso, para reivindicar la grandeza de nuestro pasado como pueblo mexicano.
Hoy somos mexicanos, con una fusión de sangre nativa y sangre española. A través de los españoles heredamos también tradiciones y cultura ancestral de Europa, desde Italia, de la gran cultura árabe y de la antigua China. El latín, las matemáticas, la música; muchos instrumentos musicales e inventos, en realidad fueron traídos a España por los comerciantes árabes, que la ocuparon por 700 años. Heredamos también la historia del heroico pueblo español que en numerosas ocasiones se levantó contra la nobleza feudal mientras las hordas del rey masacraban pueblos. No podemos confundir a la monarquía dominante española, con ese pueblo que trabaja, que sueña, que lucha y que sufre, y que nos lo pintaron magistralmente los genios de Miguel de Cervantes, Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández.

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