MIS «CIEN AÑOS DE SOLEDAD» A MIS 37

Descrifrando nuestro genoma cultural

La serie de Netflix que fue completada en agosto de 2026 marca una nueva invitación a García Márquez y a la pregunta por aquello que una familia debería transmitir antes de desaparecer.

Genaro Valdovinos, 2026

Imagen redes sociales

Mi pueblo también se llama Macondo. Sólo que allí lo conocemos por otro nombre.

Ésa fue una de las revelaciones que me dejó Cien años de soledad. La casa de los Buendía me devolvió a la gran casa de mis abuelos, en la que también viví. No porque coincidieran los muebles o la distribución de las habitaciones, sino porque reconocí una forma de existencia: muchas vidas transcurriendo bajo un mismo techo, cada una convencida de estar viviendo algo absolutamente suyo, mientras participaba en una historia mucho más antigua que sus decisiones.

Había leído la novela por obligación escolar. Conservaba un recuerdo opaco, más próximo a la constancia de haber cumplido que a la conciencia de haber recibido algo extraordinario. La adaptación hizo que aquella lectura, archivada entre mis antecedentes, volviera a sucederme. Esta vez sin examen al final. O, mejor dicho, con uno más difícil: el de reconocer cuánto de lo que estaba viendo ya había pasado por mi vida sin que yo hubiera sabido comprenderlo.

Llegué con grandes expectativas. Esperaba un proyecto serio, capaz de concederle tiempo y cuerpo a semejante universo. Desde las primeras escenas tuve la impresión de que la promesa se cumplía. Después la vi con hambre: revelación tras revelación, hasta que el conjunto adquirió para mí la consistencia de un testamento.

Un testamento latinoamericano, desde luego. Pero también humano. Porque esa familia, tan particular y desmesurada, terminó preguntándome algo que no pertenece exclusivamente a ninguna geografía: ¿qué estamos haciendo con la vida que recibimos y qué parte de ella merecería llegar, mejor comprendida, a quienes vendrán después?

LA PANTALLA QUE DEVUELVE UN LIBRO

No me interesa organizar el acostumbrado litigio entre la novela y su adaptación. Hay comparaciones que iluminan y otras que se parecen demasiado a una inspección aduanera: comprobar qué pasó de un territorio al otro, qué se perdió y qué debería ser confiscado por infidelidad.

Mi experiencia fue distinta. La serie me devolvió el deseo de entrar en las páginas. No la sentí como una sustitución, mucho menos como una coartada para no leer. La sentí como la introducción que yo necesitaba para comprender la magnitud de aquello que había leído demasiado pronto, demasiado obligadamente o con insuficientes experiencias a cuestas.

Que una obra llegue a alguien por la pantalla antes que por el libro no constituye una derrota de la literatura. Puede ser, precisamente, su oportunidad.

Pienso en quienes no han desarrollado el hábito de leer, en quienes abandonaron esta novela, en quienes suponen que los grandes libros pertenecen a una comunidad de iniciados que conoce de antemano la contraseña. Para ellos, la adaptación puede ser un gemelo audiovisual: una obra con presencia propia que, al mismo tiempo, conserva el parentesco y permite regresar al origen.

Hay cierta devoción literaria que termina comportándose como el peor de los porteros: presume la grandeza del edificio mientras dificulta la entrada. Yo preferiría que más personas pudieran habitarlo.

Lo decisivo es que aquí no tuve la sensación de recibir un resumen ilustrado. El ritmo me pareció extraordinariamente justo. La narración y las imágenes encontraban su equilibrio; los cambios entre humor, deseo, ternura y violencia no me expulsaban del mundo que estaban construyendo. Las actuaciones dejaron de presentárseme como actuaciones: en cuanto los personajes entraban en acción, adquirían la evidencia de personas.

La historia no se limitaba a durar. Crecía como un árbol.

Y lo hacía sin que el paso del tiempo se redujera a una sucesión de edades. Yo sentía la acumulación de las vidas. Lo anterior permanecía dentro de lo siguiente, aun cuando los personajes no parecieran reconocerlo. Ésa es una de las razones por las que la serie me pareció tan poderosa: me permitía contemplar simultáneamente lo que cada individuo creía estar comenzando y aquello que, desde otra perspectiva, ya estaba repitiendo.

LA BELLEZA DE UN MUNDO RECONOCIBLE

Entre las primeras imágenes que conservo están el coronel Aureliano Buendía, la exuberancia de la selva y la belleza de las mujeres de Macondo. Son recuerdos visuales, pero no permanecen en mí como estampas separadas. Forman parte de una misma vitalidad: un mundo que desea, descubre, trabaja, envejece y se equivoca.

La belleza no me distrajo de lo que ocurría. Me hizo permanecer allí.

La luz, los espacios y el sonido me parecieron subordinados a esa pertenencia. No estaba admirando continuamente los recursos de una producción; estaba creyendo en el lugar que esos recursos hacían posible. Su rodaje íntegramente en Colombia y en español tiene, para mí, un valor que excede la localización: ese arraigo material contribuye a que lo extraordinario no flote sobre una realidad intercambiable. Tiene voces, cuerpos y tierra.

No necesito creer en milagros para dejarme alcanzar por la belleza de una imagen de resonancia mariana. Tampoco necesito considerar literalmente verdadero un prodigio para reconocer la verdad humana de la experiencia que lo cuenta. En esta obra, lo extraordinario no me exige renunciar al juicio: me invita a comprender una forma de mirar.

De hecho, mi revelación no consistió principalmente en descubrir acontecimientos desconocidos. Consistió en volver a mirar cosas sabidas desde una óptica más sabia. Había visto pasiones, familias, pérdidas, resentimientos y entusiasmos. Pero no siempre había visto las relaciones entre ellos; mucho menos su persistencia a través de generaciones.

Por eso Macondo puede parecerme mi pueblo y, al mismo tiempo, tantos otros. No porque todas las comunidades latinoamericanas sean idénticas ni porque una novela pueda sustituir sus historias particulares. Se trata de algo más íntimo: la capacidad de una forma precisa de vida para despertar reconocimientos en otras.

Cuando digo que Cien años de soledad forma parte del genoma latinoamericano, hablo de un genoma narrativo, no de una condena inscrita en la sangre. Hablo de historias con las que podemos reconocernos, discutirnos y empezar a corregirnos.

Incluso llegué a sentirla más inmediatamente universal que el Quijote. No como resultado de una competencia entre monumentos, sino como medida de su cercanía a mi experiencia. Aquí no tenía que aprender primero a admirar una grandeza: reconocía su materia antes de terminar de entenderla.

Y, desde esa cercanía, la obra me devolvía a la constelación de lecturas que asocio con Fuentes, Rulfo, Vargas Llosa, Borges y Poniatowska. No para amontonar nombres ilustres, sino para recordar que una biblioteca puede ser una conversación entre maneras distintas de reconocer el mundo.

LA FAMILIA NO CABE EN UN ÁRBOL GENEALÓGICO

Aureliano Buendía fue mi principal punto de identificación. Me he reconocido en él en diferentes etapas, especialmente en esa exigencia de congruencia que intenta mantener unidas la fuerza, la convicción y la pertenencia.

En mi lectura afectiva, Úrsula representa el amor que sostiene y reúne; José Arcadio Buendía, la energía que explora y quiere ensanchar lo posible. Aureliano aparece en el cruce de esas raíces. No los reduzco a símbolos: precisamente porque los siento vivos, esas fuerzas adquieren contradicciones, consecuencias y un costo.

La familia me dejó la impresión de contener todas las relaciones familiares posibles. No como una combinatoria exhaustiva de parentescos, sino como una condensación de sus tensiones esenciales: el amor que protege y el que retiene, la lealtad y el resentimiento, la cercanía de los cuerpos y la distancia de las vidas interiores, el deseo de conservar a alguien y la incapacidad de comprenderlo.

LA SOLEDAD PUEDE TENER LA CASA LLENA

Ésa es una de las intuiciones que más me acompañaron. Estar rodeado de familiares no garantiza ser conocido. Compartir un apellido no significa compartir una interpretación de lo vivido. Y amar a otra persona tampoco nos concede, por sí solo, la capacidad de escucharla.

Aun así, no contemplé a los Buendía como un conjunto de acusados. En muchos de ellos reconocí un buen corazón intentando actuar con las herramientas que tenía. Los vi resistir sus impulsos hasta donde podían, equivocarse dentro de sus circunstancias y continuar. Comprender esa limitación no vuelve inocuo el daño, pero impide convertir la existencia en un juicio cómodo celebrado desde la butaca.

Hubo, sin embargo, una figura con la que no pude acompañar afectivamente esa comprensión: la mujer de grandeza imaginaria y devoción rígida, Fernanda del Carpio. Pude entender su lógica sin compartirla. Hay algo especialmente inquietante en el daño que se administra con la tranquilidad de estar defendiendo el bien. La crueldad, cuando consigue vestirse de virtud, se ahorra incluso el trabajo de dudar.

La política, la violencia y el poder, por su parte, me aparecieron como esa realidad que irrumpe en la intimidad y desordena sus explicaciones. La casa no es una isla. Ninguna lectura de los conflictos familiares me parece suficiente si olvida que sus habitantes también están expuestos a fuerzas que no han elegido.

Pero lo que permanece en el fondo, atravesándolo todo, es la soledad ante la desaparición. La de una persona y la de un mundo compartido. Se pueden repetir nombres, gestos y conflictos; las personas perdidas no regresan por el hecho de que alguien vuelva a parecerse a ellas.

El tiempo puede ser circular en nuestros errores sin devolvernos a quienes amamos.

HEREDAR NO ES HABER APRENDIDO

De esa experiencia surgió para mí una pregunta más incómoda que cualquier discusión sobre la fidelidad de una adaptación: ¿cómo puede una familia acumular tanta vida y transmitir tan poca comprensión?

Los Buendía conservan nombres, objetos, vínculos y recuerdos. La continuidad existe. Lo que me inquieta es la dificultad para convertirla en aprendizaje.

Un linaje puede reproducirse durante generaciones sin que sus integrantes reciban suficiente claridad sobre aquello que ya les ocurrió a otros. La genealogía continúa; la conciencia empieza demasiadas veces desde cero.

No lo leo como una acusación contra los personajes. También ellos están ocupados viviendo. Entender una experiencia mientras se la atraviesa es distinto de observar sus consecuencias reunidas en una narración. Nosotros recibimos la ventaja de la perspectiva; ellos soportan la urgencia del momento.

Precisamente por eso, la obra me deja una responsabilidad que no termina al apagar la pantalla.

¿Qué sabemos de nuestra familia, aparte de sus nombres? ¿Sabemos por qué se perdió lo que se perdió, qué sostuvo sus mejores años o qué entendió demasiado tarde alguien a quien todavía podríamos preguntárselo? ¿Heredamos únicamente el relato de las virtudes o también una explicación honesta de los errores?

Una familia puede ser escrupulosa con sus escrituras de propiedad y negligente con el conocimiento que habría evitado perderla.

Y recordar no basta. La memoria puede conservar intacta una enemistad y extraviar por completo su origen. Puede transmitir una versión heroica del abuelo que resulte menos útil que conocer sus decisiones concretas, sus aciertos y aquello que nunca consiguió resolver.

No se trata de desacralizar a los muertos por deporte. Se trata de devolverles su humanidad para que puedan enseñarnos algo.

También conviene distinguir entre memoria y reclutamiento. Conocer un agravio no obliga a continuar una guerra doméstica. Un nieto no debería recibir, junto con el apellido, la orden de odiar a quienes ofendieron a alguien antes de que él naciera. La historia puede explicar una herida sin convertirla en deber hereditario.

Salvar lo valioso de una familia exige, además, permitir que sus descendientes la transformen. Una tradición que sólo admite copias termina confundiendo continuidad con obediencia. Transmitir un oficio, un principio o una forma de cuidado debería ampliar las posibilidades de quien los recibe, no reducirlas a la reproducción de una biografía anterior.

Ésa es la diferencia que me interesa: dejar una base desde la cual otro pueda ir más lejos, incluso cuando ir más lejos signifique corregirnos.

La mejor prueba de una herencia quizá sea la libertad que concede a sus destinatarios para no parecerse enteramente a quienes se la entregaron.

ESCRIBIR CONTRA LA DESAPARICIÓN

La serie me hizo comprender de otro modo una respuesta de García Márquez que recordaba de una entrevista. Ante la pregunta por lo que podía hacerse frente a la muerte, respondió: «Escribir mucho».

Ahora escucho esa respuesta menos como una aspiración a la gloria que como una tarea. Escribir para que algo de lo vivido encuentre una forma transmisible. Para que una muerte no se lleve también, sin resistencia, cuanto alguien aprendió.

Eso no significa que toda vida necesite una obra maestra para justificarse. La dignidad de una persona no depende de que deje un archivo memorable. Pero, cuando nos preguntamos qué merece conservarse, sí aparece una exigencia distinta: qué podría recibir otro ser humano de esas páginas, aparte de la obligación de admirarnos.

No hace falta redactar una genealogía solemne. A veces basta una escena exacta, una carta, una receta acompañada de la historia de quien la preparaba; el relato de una decisión y sus consecuencias; una explicación de aquello que tuvimos que corregir.

Lo importante no sería dejar una versión impecable de nosotros mismos. Sería dejar algo verdadero y utilizable.

Pienso en la diferencia entre escribir «siempre luché por mi familia» y contar qué se hizo, cuánto costó, a quién ayudó y a quién pudo dejar desatendido. Entre declarar «aprendí de mis errores» y mostrar una ocasión en que cambiamos efectivamente de conducta. El aprendizaje se vuelve transmisible cuando conserva sus circunstancias y sus consecuencias, no cuando se limita a exhibir una moraleja favorable al narrador.

También habría que saber qué no nos corresponde publicar. La intimidad de otros no se convierte en propiedad nuestra porque sepamos escribir sobre ella. Una memoria familiar puede ser honesta sin transformarse en un escaparate de heridas. Tiene que haber lugar para lo reservado, para las versiones diferentes y para aquello que todavía no sabemos.

Éste es el sedimento que me gustaría extraer de Cien años de soledad: la posibilidad de transformar la experiencia en una herencia que no exija repetirla.

No conservarlo todo. No exigir que todo continúe. Elegir con lucidez qué merece llegar al futuro y qué sería mejor que terminara con nosotros.

Hay defectos cuya última utilidad podría consistir en que alguien los comprenda suficientemente para no perpetuarlos. Y hay gestos modestos —una forma de escuchar, de cuidar, de rectificar— que acaso merezcan sobrevivir más que nuestras grandes declaraciones.

La escritura no resucita a nadie. Pero puede evitar que una vida desaparezca sin haber entregado algunas de sus preguntas, sus hallazgos y sus advertencias.

LO QUE TODAVÍA ESTAMOS A TIEMPO DE HACER

Por todo ello cuento esta adaptación entre las diez o veinte experiencias audiovisuales más importantes de mi vida. Mi entusiasmo no procede solamente de su realización, aunque la considero extraordinaria. Procede de la relación que consiguió establecer entre el placer de verla y la necesidad de pensar después.

No terminé con la impresión de haber consumido una gran historia. Terminé con una historia trabajando dentro de mí.

Y tampoco salí de ella convencido de que vivir fuera un error. Al contrario: el ciclo de la vida me pareció doloroso y, aun así, digno de ser vivido. La belleza, el deseo, la curiosidad y el amor no quedan refutados porque sean perecederos. Su fragilidad vuelve más urgente la atención que les debemos mientras existen.

Por eso mi invitación se dirige especialmente a quienes todavía no han entrado en Macondo. A quienes conocen el título, pero no sospechan que algo suyo podría estar esperándolos allí. A quienes la escuela dejó un recuerdo semejante al mío. A quienes creen que esta obra sólo exige paciencia, cuando quizá también puede ofrecerles una forma más amplia de comprender a los suyos.

Vean la serie. Lean la novela. No para acreditar cultura ni para añadir otro título al inventario de lo consumido. Acérquense a ellas con la posibilidad de encontrar preguntas que no sabían formular.

Un siglo puede recorrerse en unas semanas de lectura o en unos días frente a la pantalla. Su sabiduría no se adquiere automáticamente a la misma velocidad. Después hace falta volver a nuestra vida y preguntarnos dónde estaba aquello que acabamos de reconocer.

Parafraseando una intuición de Jung en Aion, una situación interior que no se vuelve consciente puede presentarse afuera con la apariencia del destino.  No leo esa idea como explicación universal del sufrimiento ni como promesa de controlar cuanto nos sucede. La leo aquí como una pregunta sobre nuestra participación en lo que vuelve: qué parte de la repetición podríamos reconocer y qué estaríamos dispuestos a cambiar después.

No todo depende de nosotros. Pero esa verdad tampoco debería servirnos para declarar inevitable cuanto preferimos no examinar.

Macondo me dejó un testamento porque me hizo sentir que pertenecía a esa historia. Y me dejó una tarea porque pertenecer no tiene por qué significar obedecerla a ciegas.

Que quienes vengan después hereden lo útil de nuestras historias, no la obligación de repetirlas.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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