Mientras suenan melodías sagradas de otro tiempo, en una vida que se fue, y vuelve llena de ilusión, evoco los cabellos morenos de una mujer hermosa, como ninguna y como la afrodita de las maravillas del paraíso del amor.
Un amor que se coló en mis labios, por los suyos almibarados. No en la tarde poderosa de lascivia y desenfreno, fue en un sueño…
El noble sueño del justo, despojado del tesoro de su corazón, sin perder las esperanzas de volver a conseguir lo más precioso y preciado en este mundo vago, vetusto… lejos de las ilusiones perdidas y de tantas ensoñaciones vanas.
Ha vuelto ella, la resurrección de la carne hecha mujer, la flor invernal de primavera otoñal. Ella, fuera de toda reminiscencia. Algo nuevo e increíble, que no podría estar sucediendo. Pero miro al frente, y veo lo más bello.
Su voz divina anuncia un nombre: Sonia, bautismo que toca mi corazón, y me trastoca el cerebro. Me vuelve loco su mirada, su sonrisa me atrapa, y muero por besarla. Tú no eres Sonia, mujer de los sueños que alcanza el Nirvana, eres lo que jamás imaginé en mi futuro, tras un pasado maltrecho, en el que fui apaleado, y saquearon hasta el fondo de mi casa.
Con estas palabras, Sonia, no es que te diga que te amo. Mi corazón, ya torpe por los años, me pide la última oportunidad para latir, cual aquella juventud fugada en el tiempo.
Creía que solo en el Cinematógrafo, el amor y las amadas ninfas, como tú, se harían presentes en mi vida, solo por momentos en que la sala de mágica pantalla, retuviera ante mi lástima, la ensoñación por la que viví y por la que me sentía ya morir.
Pero es cierto, el susurró a mis oídos de aquel ángel del Cielo, mientras yo padecía y padecía sitiado por el odio, sin aliento de las madres potenciales, maestras en la vida, enseñanzas de compasiones. Las que toman nuestra mano, en los momentos peores, y hacen magia en la mesa, y en la cama nos arropan y nos aman.
Oh, Sonia amada, eres desde entonces mi niña idolatrada, aquel fuego que sube desde el sexo, hasta mi boca, y mi corazón estimula, mi mente enloquece, y anestesia la memoria de una vida malograda.
A tus pies quedo, maravilla de la naturaleza, que mi sangre llevas, y arrancas la daga que desangra mis entrañas. Solo puedo decir que te amo, y que te quiero con toda mi alma.
Desde que viniste se abrieron los cielos, y cerraron las llagas, Sonia amada. Pero te sigo esperando desde los sueños al sol de justicia que acalora, cuyos rayos imponen la lejanía de tus manos sanitarias y humanizadas.
Ven pronto, cariño, antes de que llegue el alba, se apaguen las luces de la madrugada, y mi espíritu vuele a donde emigran los hombres que este mundo cruel rechaza.
FRAN AUDIJE
Foto: archivo personal del autor

Descubre más desde REVISTA UNIDAD PARLAMENTARIA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
