INMORTALIDAD


30 de agosto de 2026


Inmortalidad. Sueño profundo. Objetivo a la vista inalcanzable. Más, con estas trilladas frases para definirlo. ¿Es un estado deseado por un Alma viajera sin descanso? ¿Es un destino acaso?

¿Qué tanto ha viajado mi Alma? A veces pienso que no mucho. Me siento como un niño, a pesar de mi corta edad, pero de mi vejez prematura. Me he sentido viejo desde que soy adolescente, un tanto caduco, un tanto adelantado a mis épocas. A veces me he azotado con mis lapidarias frases de auto conmiseración. Hay ocasiones en que exagero con las palabras, tratando de acercarme a la descripción de mis sentimientos.

¿Depresiones? Ha habido mucho más que eso. Le he llamado nostalgias a los pensamientos aparentemente profundos sobre mi ser. Otras las he nombrado melancolías. Vagas y pasajeras conexiones con el infinito del que he creído venir o hacia donde creo dirigirme. Simples probables aproximaciones.


Yo no sé si ya había estado presente en alguna otra vida, o si estoy viviendo esta como un neófito inexperto e inocente. A veces me hago preguntas plagadas de inocencia. Otras me respondo con esa sencillez que solamente un adolescente es capaz de elaborar. Me ha faltado profundizar; he sido demasiado ligero en mis cuestionamientos, y sobre todo en mis respuestas. Me he conformado con cualquier ligereza, que parezco un globo aerostático dentro de mi cerebro triste. ¿Es acaso el
cerebro la fuente o depositario de la tristeza?
Algunos piensan que es el corazón el que alberga los sentimientos más profundos. Y sin embargo, sin sus latidos el cerebro no tendría a quién servir. ¿Será que el corazón manda y la mente solo obedece, fingiendo que piensa? Pero ese romanticismo me parece, a veces, un tanto absurdo.


A veces me siento triste, eso sí. Otras, resulto a mi parecer, un guerrero campeón de batallas inclementes. Pero no tengo derecho a ufanarme de nada. Solamente ante mí, frente al espejo. Ese juez cruel que visito poco, por miedo o por costumbre. ¿Qué me diría mi Padre, que tanta falta me hace, si me escuchara cualquier tarde de café y cigarros, haciendo filosofía? ¿Qué me diría el viejo sabio que murió tan joven, restándome oportunidad de muchas tardes que ansío como aquellas?
Algo tengo claro: Te extraño Papá, ¡no sabes cuánto! Tú sí que has sido inmortal para mí.

Aunque, ¿de qué me sirve sentirte así tan grande, si no estás entre nosotros? Ahí radica, tal vez, lo tuyo:sigues presente con tu ausencia. Sigues siendo el ejemplo y el orgullo. Sigues ilustrando con tus hábitos los caminos que debería recorrer, pero me he rehusado, no tanto por rebeldía, sino por estupidez.


La inmortalidad se trabaja, sin embargo. Así te vi, en los primeros, segundos y últimos tiempos.
Caminabas con tu mente hasta el más profundo rincón del auto cuestionamiento asistiéndote con cientos de libros. Uno diario. Ese tu hábito tan claro, tan inalcanzable, tal vez, por mis pretextos.


¡Leías un libro por día! Hay tanto escrito que te faltó mucho tiempo, pero aprovechaste lo poco que tuviste. A veces jugaba a contar los que llevabas; los dejabas boca abajo para distinguir lo que llevabas leído de tu hermosa biblioteca. En una de tantas mudanzas pude rescatarla. En una de tantas otras, tuve que desprenderme de ella. Tu grandiosa colección de literatura se perdió en su mayor parte por mis erráticos andares recientes. Te pido perdón por ello. Aunque algunos dicen que debería construir lo mío. Y en esas ando, pausado, a mi ritmo, pequeño e inconstante, pero ahí voy. Definitivamente más lento que tú. ¿Será que eso me permita vivir algunos años más?


No he cuidado de mi salud, pero tal vez la cuido más de lo que tú lo hacías. No pretendo reprenderte. ¿Qué derecho tengo o tendría de recriminarte nada, si cuando alcancé la madurez aprendí, más que a perdonarte nada, a comprenderlo todo aquello que cuando niño y adolescente me mostrabas como reglas y castigos? ¿Quién podría juzgarte sin entenderte?


Todo lo que otros piensan que sufrí por tu educación estricta y represiva, ralla en lo incompleto.
Fuiste el mejor padre para mí, para lo que yo necesitaba. Eso es parte de tu trascendencia. Todavía hay mucha gente que al escuchar tu nombre tienen un recuerdo de gratitud y admiración. Te has vuelto inmortal a través de estas dos décadas de tu ausencia.
Alguna vez te dije que mi inmortalidad se estaba trabajando a mi ritmo y con mis propios proyectos. Que mis escritos lograrían llenarte de orgullo algún día y que comprenderías que mi aparente falta de lectura o de disciplina, rendirían sus frutos. Hoy sigo siendo anónimo. He publicado muy poco; pero sigo escribiendo, lo sigo intentando. Mi espejo mencionó en algún
encuentro que mi propósito era este: escribir casi todos los días, y tratar de mejorar con los aprendizajes.


Hoy la vida laboral mHoy la vida laboral me tiene en jaque de nueva cuenta. Una nueva historia se está dando para recorrer el karma en su justa dimensión y aprender mis lecciones a fondo. Hoy estoy ante el silencio de una de mis hijas, contando cuatro años ya, de que decidió borrarme de su historia. Ella sintió que la abandoné. Ha sido clara en no incluirme de nuevo. Me duele hasta el fondo de los huesos.


Hay, entonces, una tercera inmortalidad, la que nadie elige: la que se pierde cuando alguien decide borrarte. Tú, Papá, eres inmortal en mi memoria sin haberlo pedido.

Yo, en la de mi hija, estoy muriendo cada día que pasa, también sin haberlo pedido. Entre esos dos extremos —el que permanece y el que se borra— ando yo, tratando de escribirme un lugar.
La extraño casi tanto como a ti. De hecho, no cabe la comparación. Es muy diferente. ¿Así te sentías cuando me comportaba ajeno a lo tuyo?


Extraño mucho a mi hija pequeña. La recuerdo más bien de niña y ahora ya es adulto, toda una mujercita. Me perdí varios años de su adolescencia, esto la hizo sentirse alejada, y me duele que así haya sido. Mi decisión unilateral de alejarme del sufrimiento que causaba su madre a mi persona se llevó entre las cuerdas mi convivencia con ellas, con ambas. Y a pesar de ello, mi hija, la mayor, sigue en contacto conmigo. Adoro esos momentos únicos. Estoy pleno de gratitud por su permanencia y su confianza aún en mí. Mi egoísmo tuvo su efecto colateral. Pero no me arrepiento de aquella decisión. Me duele, sin embargo, no contar con la presencia de mi chiquilla.


¿Así te sentiste tú, Papá, cuando me alejaste de aquella novia por protegerme de lo que tú veías y yo no? Porque eso hice yo con mi hija: la alejé de su madre para protegerme a mí. La diferencia es que tú creías estar salvándome a mí. Yo, en cambio, me estaba salvando solo.
¿Tú qué hubieras hecho? Tal vez nunca estuviste en una situación similar. A todas luces, la relación hermosa y equilibrada que tuviste con mi madre fue suficiente y diría: perfecta.


Mi falla fue la comunicación. No supe cómo. Ahora aprendí y tengo una hermosa pareja que me escucha y sabe cómo hablarme. El gran secreto entre nosotros es saber hablarnos.


Algún día me preguntaste: ¿De qué te servirá estudiar esa carrera llamada comunicación?
Visto está que aún sigo aprendiendo a responderte. En mi trabajo sigo sin hablar con la verdad.


Los negocios de los medios siguen siendo una total hipocresía. No tengo oportunidad en ellos de expresarme con libertad; he aprendido a abanicarme con las líneas editoriales que me imponen, siempre, con el afán de agradar a los gobiernos en turno, ocultando sus miserables actos y dichos.
Soy un periodista hipócrita, un comunicador servicial al sistema, un locutor frustrado, un exitoso vendedor por conveniencia y autodefensa, un ejecutivo encumbrado en la mentira, como la mayoría de los que trabajamos en esto que llamamos «comunicación».


Me duele decirte que parte de mi respuesta a tu pregunta es: «Me volví comunicador para aprender a mentir a favor de los intereses de los dueños de los medios».
¿Esto me trasciende? ¡Absolutamente no! Pero tal vez, darme cuenta me acerca más al camino perdido, a reconocerlo, a verlo de frente y pensar en las alternativas.
Si la vida me diera oportunidad de enderezar mi rumbo, aprendería a responderte para qué decidív»estudiar comunicación».
La palabra, en sí misma, lleva la definición de su motivo: poner en común la verdad. Acción de hacer común la verdad.


¡Cómo quisiera poderme dedicar a escribir! A cumplir con ese propósito identificado desde tan joven. ¡Tengo tanto por decir!
No he descansado mi pluma. No he tirado mis libros. No he cerrado la puerta. Sigo intentando. No es solo disciplina lo que me falta — es la valentía de escribir con la misma verdad que le exijo al periodismo que no tengo. Y ahí, en esa decisión, correspondida con la acción, encontraré mi trascendencia. Tal vez no pueda elegir quién me borra y quién me recuerda. Pero puedo elegir qué dejo escrito mientras tanto. Y si los lectores se suman, y el tiempo se añade, a lo mejor, entre algunos pocos que me lean y sientan que les regalé algo valioso, obtendré esa pequeña inmortalidad pasajera, pero certera…

FEDERICO CÁNOVAS GÓMEZ URQUIZA


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