Gabriela es Gabriel

A Roser

Por Leticia López

Sentade en la terraza de un restaurante, con un gorro magenta tejido de lana, mastica mirando a la calle con edificios y pocos árboles; el atardecer iluminando a un muchacho de rastas haciendo suertes con las clavas para luego pedir monedas.

Gabriela mastica aprisa, pensando que ella no es muy diferente al joven del semáforo. Mira, mastica, todo el cabello está guardado en ese enorme gorro magenta, que, a decir verdad, se parece al gorro del chico de rastas. Gorro de colores.

Los labios de Gabriel están engrasados por el taco que se come. Algunas palabras de su padre, que de traje y limpieza de lociones le habla de la corrección que debería guardar a los 17 años.

Gabo voltea y lo mira. Termina su bocado, muerde otra vez, se chupa los dedos, luego una servilleta exigida por su padre. Gabo de cama hace unos momentos, Gabo que crece fuera de todas las cosas en un cuerpo deforme que al mirarse es como una broma cruel que le da ojos de chica, busto, caderas; cuyo padre anhela convertirla en una dama de perfumes y paradigmas. Gabo mira a su padre sin escuchar. Aún tiene cachetes de pequeña, y sus ojos se niegan al delineador y rímel, ojos de niña, escondidos con una visera del gorro magenta tejido.

Gabo se sabe niño, y por más que su vestimenta le grita a su padre que no es lo que él cree, el señor de traje y corbata, no puede admitir que su nena es un varón.

El adolescente mira sin ver nada. Ya se cansó de explicar, y la fatiga está saliendo por las pestañas. No hay nada que su papá no pueda hacer, pero atrapado entre ideas, se inutiliza dolorosamente hacia la voz de Gabriela, Gabriel, Gabo. El nombre de varón con el que su padre le nombrara, le permitiría saberse reconocido, mirado, encontrado. ¿O es que todo ha sido una mentira? ¿Acaso él está mal y en realidad no debe sentirse varón, y admitir que es una niña, ponerse aretes y pintarse los labios? Pero cuando hace eso, se marea, le repugna, se siente en un abismo de náusea, porque se traiciona a sí mismo, porque dentro de todo su mundo, no puede concebir que los demás sean tan libres en sus cuerpos y a él le haya tocado vivir dentro de alguien que no reconoce ante el espejo, y que le insistan en que eso que se ve, es él. Él siendo ella, y, aun así, grita dentro de su cabeza “¡Aquí estoy!” sin que nadie pueda escucharle.

Él vive dentro de Gabriela y cada día mira un rostro que no es. Pechos que no son, período menstrual que no tenía que llegar. Él quiere morir para nacer de nuevo con el cuerpo correcto, y a medida que el taco se termina, un trago de cerveza molesta a su papá por tomar la botella de esa forma, porque es machorra.

-No papá, no soy chica. ¿Por qué no puedes ayudarme a corregir las cosas?

Su padre le acerca la tarjeta de un psiquiatra. No mira. No se entera. Gabo es gritos y manotazos en la mesa. Había sido una salida de raro momento con su padre. Nunca habían comido juntos. El padre culpa la ausencia de la madre.

– ¡Ve tú al psiquiatra! Necesitas que alguien te diga que los chicos como yo sí existimos y no es nada malo, sólo necesitamos ayuda para terminar de ser lo que somos. Mírate atrapado en tu traje y tu corbata, en tus relojes caros y tu celular y tus negocios, y a todos los que les das órdenes, pero no puedes hablar conmigo para entenderme.

-Pero yo sólo quiero ayudarte hija. Quiero saber si alguien te ha lastimado tanto que no quieres ser esta hermosa niña que eres, si alguien te ha hecho tanto daño, dime quién es, yo estoy aquí para defenderte. Dime por qué no quieres aceptar que eres una chica, una señorita. ¿Extrañas a tu mamá? ¿Quieres que me case de nuevo, así tienes a una mujer mayor que tu de confianza para hablar de tus cosas? Seguramente que hicimos mal en ponerte en esa escuela tan especial donde todos eran como hippies, y se abrazaban tanto. Seguramente que ahí agarraste estas mañas, pero si vas con el psiquiatra te vas a ir curando. Confía en mí. Y, y, y si eres lesbiana, te acepto hija, de verdad.

– ¡No soy tu hija, soy tu hijo! Y nadie me ha dañado, no tanto como tú tratando de convertirme. No quiero hablar de cosas de chicas con tu novia. No es ese el problema. Y no, no soy lesbiana ¡Soy un hombre! Mírame como hijo papá, mírame, mírame, MIRAME. Cada cosa que me dices es violenta, me agredes porque NO ME ACEPTAS.

Gabo está solo. Mira su celular, chateando con un amigo del grupo trans al que pertenece, y es una de las pocas personas que le sostienen ahora, que le da alternativas para poder lidiar con quien provocó su existencia, y le sugiere que deje ya la conversación antes de que lo sigan presionando. Es un adolescente que no encuentra camino para surgir, se levanta de la mesa, se lleva la cerveza, se va sin su padre. El señor levanta la voz, pero no puede retenerle.

Sus pisadas ahogadas, y otro trago de cerveza acallan la ansiedad que volvería siempre ahí, cuando el mundo le niega su masculinidad. En qué momento el camino hacia este mundo fue un accidente para llegar con este cuerpo desconocido, y no en la perfección desde la que los demás no pueden mirarle.

Camina solo, saca su celular y le llama a su amigo.

-No debí comer con mi papá. ¡Es tan necio! Y quiere que hable con su novia de cosas de chicas ¿Por qué no se entera?… sí, sé que es otra generación, y que es mi papá. Pero podría… no sé, extender el seguro para que me operen, o mandarme a otro lado, o hablar con un médico amigo suyo para que nos hagan un descuento, y me pueda sentir como soy…- Empieza a llorar, la desesperación aventaja a la esperanza.

– Sí, lo sé… estaré ahí… sí, sé que estamos haciendo fondos para todos, y que iremos teniendo nuestra oportunidad… sí, creo que mejor empiezo a trabajar para tener mi propio dinero y hacerme la operación yo… sí, estoy con las inyecciones… ya un poco de pelo, pero no mucho, igual me hace sentir mejor eso… gracias… sí, nos vemos. –

Gabo corta la llamada, respira. Seca sus lágrimas con el dorso de su mano. Quiere vivir, pero no lo dejan existir. El sonido del what’s en su celular le recuerda que al menos, alguien en algún lugar, percibe su hombría, la desea, la espera, y sabe que nació en el estuche equivocado. Laura ama a Gabo que espera nacer de su propio cuerpo.

Un bote de basura recibe la botella vacía de cerveza. Hoy se va a pasar la noche con su novia. Es difícil cada minuto, pero por una noche, podrá ser libremente, el varón que sabe que es.

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