Georgina

Leticia López Pérez

Terminaba de colocar el último adorno de casa. Casa nueva, nuevos sueños, nuevos olores, nuevas luces, nuevos planes, vida por delante para andar junto su hijo, pequeño de preescolar que camina solo con nuevos amigos en su cotidiana vida escolar.

En esa búsqueda de una paz de hogar que había faltado tantos años cuando hubo esposo de chantaje, maltrato y abismos, ella había encontrado un espacio, y el sendero parecía tomar su cauce, pero la Tierra tenía otros planes.

Primero un vahído. La costumbre de todo habitante de esta ciudad, no es pensar en el propio malestar, sino mirar algo que cuelgue, y comprobar así la llegada de un sismo.

Tras confirmar el sismo, primero reaccionó como en todos los anteriores, con calma. Pretendía dejar que terminara el movimiento telúrico, pues ni siquiera el terremoto de 1985 logró asustarla a pesar de tanto desastre, quizá porque entonces era niña.

Pero tras la primera vibración, las siguientes aumentaron de intensidad, ese movimiento del piso acercarse y alejarse, como la primera vez que usó lentes para el astigmatismo, como si antecediera un dolor de cabeza que aprieta sin piedad cualquier pensamiento, pero no permite el reposo.

Al tiempo que comprendía rápido lo que sucedía, resolver salir de su departamento fue un impulso veloz cuando escuchó el crujir de los cimientos del edificio. En un estallido ahogado. El tambor más grande de la orquesta. La lámina de metal marcada por la máquina de una fábrica industrial. El estallido profundo de rocas bajo capas y capas de historia bajo sus pies, que retumbaría eternamente en su memoria.

Pensó que el edificio se derrumbaría. En el zaguán, vecinos no atinaban a abrir la puerta. Ella sacó su llave y abrió. Su cuerpo replicando las vibraciones que le obligaban a respirar fuerte, el miedo intenso ante la posibilidad de dejar de existir. Instinto de conservación en todos, ojos muy abiertos, piel blanca, autos detenidos. Todo suspendido por unos instantes en que la Tierra sacudió su día, y nubes de polvo suspendidas entre las personas. Las voces parecían oírse tan lejos, en la eternidad de las miradas mutuas descubriendo a quienes había visto pasar y ahora se revelaban como vecinos.

Y tras esa gran pausa tan breve, Georgina recordó que es madre, y poniéndose la mano en el pecho, respiró grande, y emprendió, sin más, el camino a la escuela, mientras su mente giró por toda la ciudad, acomodando su nueva vida, a un nuevo entorno de escombros y gritos.

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