Aura

Leticia López Pérez

Subir al autobús. Cabello largo y rizado, pintada de rosa. La piel morena, cuerpo delgado. Tacones, bolsa, medias. Ella es mujer, pero su presupuesto aún no le permite pagar una transformación completa, no en 1990, cuando ni siquiera parece una opción. Aura cuida todos los detalles: accesorios, perfume, depilación.

Los pasajeros la miran. Aún los rasgos de su rostro son levemente gruesos, y las manos fuertes parecen insistir en la biología. Ella sostiene su identidad con orgullo. Sonríe a la ventana a través de la cual mira a la calle. No mira a nadie.

Murmullos entre algunos usuarios condenan, o sorprenden, o señalan. Nadie sabe qué es Aura, si hombre o mujer, porque el mundo nos hace elegir una cosa o la otra, pero algo a mitad de camino, no. Durante la adolescencia, por ejemplo, nadie da voz a esa joven vida, entonces la toma en alto volumen. Igual una chica trans que inicia proceso tarde, en la edad adulta, ya habiendo terminado el desarrollo de varón. Con miedo a perder el empleo.

Aura está en transición, y no puede ocultarse más en un traje con corbata, porque ya no cabe en él. Ha crecido suficiente para salir al mundo e ir al trabajo con su vestido, sus tacones, su bolsa. Pero la voz… aún…

Sostenida de su propia sonrisa, sobre ella todas las miradas que no la dejan respirar. Una mano toca su nalga, y ella no puede expresar nada, porque pareciera que no le están dando permiso de ser mujer, y la mano que la toca busca ejercer su poder en ella: si eres mujer, te aguantas. Ella no se aguanta, y tan pronto encuentra al autor de ese toque, un tacón suyo con el peso completo sobre el empeine arde en el sujeto que ahoga el dolor para evitar que Aura inicie una escena, y lo crean a él maricón. Eso jamás.

Aura siente la garganta dura, y la sonrisa empieza a ser vencida, pero respira hondo y resiste, se recuerda el entusiasmo con el que miró sus pechos crecer, sus emociones aflorar, la gloria del mundo femenino conquistado para ella, y sonríe de nuevo.

“Tranquila, vas bien”, se dice a sí misma mientras se acerca a la puerta “¡Invertido!” le grita un hombre oculto entre el montón de pasajeros apretados “Tu papá, cabrón”, le contesta. Nunca ha permitido que alguien la agreda al grado de humillarla, y todo el que empieza, algo de ella recibe, y mejor se callan. Ella logra llegar al timbre, solicita la parada, pero el chofer sigue de largo. Vuelve a solicitarla, pero hasta que una familia solicita la parada, el autobús se detiene, y Aura puede bajar.

– ¡Te pedí la parada hacer como tres paradas! ¡Haz tu trabajo! – le grita al chofer, y se baja.

En la calle, y seis cuadras después de su destino, el mundo parece un reto mayor que el día anterior. Pero sabe que la mujer que hoy es, ya no podía vivir solo dentro de su departamento. Y sigue sonriendo.

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