La lluvia fría en un balcón mira sus pies descalzos y tobillos morenos que intentan evitar agua dentro del departamento.
Fue repentino. Todos se fueron y Lucero se quedó sola. Una familia disfuncional, se llamaba. Sueños de grandes eventos firmados con tinta negra en un acta de matrimonio con testigos y pastel blanco de muchos pisos y columnas.
La boda no era suya, pero el que firmaba se había dicho suyo dos días atrás, y prometió enfrentar el compromiso para confesar una realidad que ya no existe. Ésta, sola bajo el agua de una casa que hay que dejar, y a medida que arrastra el agua hacia afuera, las palabras de aquel hombre escurren hasta la banqueta de una calle transitada por autobuses de ruta fija y motocicletas de Uber Eats.
Los sueños de palabras vanas que en el fondo pretenden solo abrir un beso, un cuerpo, un calor, pero no cumplirse, escriben daños que se estrellan en ventanas de una casa que no tiene un mañana para saludar con café, fruta picada y hot cakes.
No hay nada para Lucero, más que un destino de Whats App bloqueado, un perfil vacío de Facebook, una foto de la semana anterior, unas sábanas que huelen a creencia, una marca superficial en la piel de ese momento.
Pero todo está en minutos transcurridos, y a medida que empuja el agua por el balcón, todo aquello queda aún más en la memoria, y menos en la realidad, distanciándose aunque desee retenerlo.
Cada suspiro eleva como hilos de vapor, toda aparente realidad, y solo está Lucero en un balcón desamada con su mente en movimientos rápidos, buscando más en su mundo, que en el sueño.
Lo que sigue después, permanece como pregunta, como un plan por construirse y que aún flota sin números, palabras o formas, pero existente como el frío en su piel.
Siempre a través de las lágrimas se puede ver la luz del día, y con esa luz, una respuesta inesperada que encuentra su abrazo en nuevas decisiones.
Deja de llover, y Lucero puede regresar a la tibia ducha, ropa seca, y cajas de mudanza.
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