Los septiembres

Por Leticia López Pérez

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Habíamos terminado de cenar. Estaba cargando mi celular y tensa escribiendo mensajes de what’s app cuando escuché la alerta sísmica. Me quité los audífonos para comprobarlo, porque el sonido era muy tenue.

Desconecté mi teléfono, lo guardé en mi bolsillo, tomé a mi hijo, y debido a que llovía, lo llevé al baño, diciéndolo en voz alta, de manera que mis padres, adultos mayores, me acompañaron ahí.

Mi cabeza recordó todos los memes del 7 de septiembre, la canción del desaparecido grupo Mecano, los recuerdos del sismo de 8 grados que destruyó Oaxaca en 2017, cuando la noche estaba más avanzada.

En esa noche, mi hijo de 5 años dormía, y me abrigué para salir, pero no podía despertarlo. Primero pensé en ponerme en cuatro puntos sobre él, para protegerlo, pero como aumentaba de intensidad, insistí en despertarlo, abrigarlo y salir con él, sosteniendo su mano en las escaleras. En aquella ocasión, yo no me asusté, sin embargo, él sí, y nuestro casero lo tranquilizó.

Esta noche, en el baño, ambos estábamos asustados, mientras lo abrazaba, mi memoria emocional se fue al 19 de septiembre de 2017, cuando este pequeño asistía a preprimaria, y estaba en clase. Aquel medio día estaban mi hermano y un amigo en mi casa, mientras mi padre trabajaba y mi madre cocinaba.

No sonó la alerta sísmica. Solo un movimiento trepidatorio, que al inicio no parecía fuerte, había hecho a mi amigo correr a la puerta de la calle. Pero mis familiares y yo, no reaccionamos tan pronto, porque los sismos no nos daban miedo.

Entonces la intensidad de los brincos, pronto se hizo muy fuerte, y mientras mi hermano intentaba hacer que mis padres, en aquel momento de 75 años, admitieran bajar, yo dudaba en bajar con mi amigo o quedarme con mis padres, hasta que el choque de las rocas del suelo contra los cimientos del edificio, provocó un sonido más poderoso que el taiko más grande del mundo, más fuerte que el trueno más intenso que haya escuchado en toda mi vida.

Ese sonido me hizo pensar que la construcción que habitamos se derrumbaría, y bajé las escaleras a gran velocidad. Diría que volé a la planta baja, y corrí hacia mi amigo, abriendo la puerta principal para salir a la calle, mientras mi hermano seguía intentando sacar a mis padres.

La simple idea de estar dentro de un derrumbe, sembró en mí una información que en 1985 no ocurrió.

En ese lejano evento, yo tenía 13 años y estaba en secundaria. Mi padre nos había dejado en la escuela hacía pocos minutos y nos tocaba encaminarnos a nuestros respectivos salones.

Recuerdo que solo en ese ciclo escolar, cada uno de mis hermanos y yo, estábamos cursando un nivel diferente, y por esa razón, estábamos separados en diferentes áreas: mi hermano en primaria, yo en secundaria, mi hermana en preparatoria; de modo que no nos vimos, y cada quien tuvo una experiencia distinta. Incluso mis padres, porque mi papá se dirigía a su estudio, y mi madre estaba sola en casa.

Nuestro pequeño departamento en la Colonia Narvarte vio, con mi madre como único testigo, el choque constante de la casa contigua contra el edificio que habitábamos, y la fractura de los ladrillos en ese punto, justo detrás de los sillones de la sala de mi casa, haciendo un boquete, perdiendo ese pedazo de pared en el reglamentario espacio entre construcciones.

Pero ni eso, ni haber visto la alberca de la escuela hacer olas, ni el regreso a casa temprano, ni los derrumbes en el camino, me hicieron sentir miedo.

A pesar de que podía notar la ineptitud del gobierno y el ejército, lo único que me asustó fue la voz de Félix Sordo atrás de los escombros de Televisa Chapultepec derrumbada, y un edificio tumba que quedó por años en la calle de Chihuahua, en la colonia Roma, y que para ir a mi clase con Luwdik Margules, diez años después, veía, siempre desde la acera contraria, por si las dudas.

Sin negar el horror de meses en mi ciudad, 1985 no me asustó. Y pude lidiar por años con los sismos, aún embarazada.

Pero 2017, estaba enmarcado de situaciones muy difíciles para mí, y aquel estruendo hondo y estallante de los cimientos, en una trepidación violenta como nunca antes, ya no permitió que ningún movimiento de la tierra fuera lo mismo.

Tras abrir la puerta y ver a mi hermano acompañado de mis padres en la banqueta, abracé a mi amigo que se fue a su casa, con su familia, y yo no lograba hacer conexión a Internet con mi celular a fin de obtener información acerca de la intensidad.

Sólo me forcé a calmarme, porque recordé que soy madre, y tenía que ir por mi hijo a la escuela. Mi hermana había tenido junta en las oficinas centrales de la SEP, y no contestaba el teléfono.

Vi que Tlalpan, del mismo lado del que estaba mi hogar, tenía un avance lento en el tráfico, y mientras tomaba la pesera en División del Norte, rumbo a la escuela, intuí que las cosas posiblemente serían iguales o parecidas a las de ‘85, y decidí que regresaría a pie con mi hijo.

En la escuela, los preescolares narraban su aventura con emoción positiva. Se interrumpían para contarme, y decidí no exacerbar miedos, por lo que sólo flui. Los niños de primaria grande sí estaban asustados, y en el chat del grupo, nos apoyábamos los papás y mamás para hacer llegar buenas noticias a los hijos. Muchos nos quedamos con el grupo hasta que llegaran todos los papás, para dar contención.

Así, ya logramos volver a casa, y al advertir que todos los destinos al Norte estaban totalmente parados, supe que había sido una buena decisión el regresar a pie, porque, aunque al Sur no había tráfico, los cruces bloqueaban el avance de los vehículos.

Ya antes de cruzar Tlalpan, un vecino tenía la radio de su auto encendida y las puertas abiertas, para que todos escucháramos. Adriana Pérez Cañedo informaba del Soriana Taxqueña derrumbado, del multifamiliar de la Colonia Centinela hecho escombros con vecinos dentro, y de Los Girasoles también con derrumbes.

A medida que pasaban las horas, con muchas interrupciones, supimos que Obrero Mundial Taxqueña, Hacienda Coapa, División del Norte, Xochimilco, y, en suma, la Ciudad, precisamente en las zonas donde mi vida transcurrió a través de los años, incluyendo el condominio en que viví durante secundaria, se había derrumbado.

Nuestra historia era escombros, y solo hasta avanzada la noche, supimos que no habría réplica.

Mi hijo quería llevar sus cobijas en su triciclo a la zona de derrumbes. Lo abracé agradecida. La pregunta siguiente sería ¿Cuál de todos?

En cada kilómetro de polvo y arena, había compartido experiencias con gente querida, y aún había vivido gente importante para mí. Ahora sólo quedaba la paciencia de un internet intermitente para saber por olas de mensajes, que mi mundo seguía vivo. Pero la cara de la Ciudad, se había perdido, y en los viajes siguientes, por más de un año, vería el torcido y filoso recordatorio, de la repetición, justo el mismo día.

La noche de ayer, con mi hijo en brazos, la memoria emocional, a partir de una alerta sísmica que suena horroroso, sólo estaba la incertidumbre, los dos minutos que se sintieron como dos horas, mi mamá de 79 años que, en la oscuridad del corte de luz, y en movimiento, quiso salirse a buscar a mi hermano, y yo recordándole que mi hermano es adulto, y ella, ya muy mayor para correr el riesgo.

El evento terminó, y no pasó más que la electricidad intermitente horas, hasta que se cortó por completo el suministro.

La noche nublada permitía algo de iluminación gracias a las nubes blancas. Mi hijo tenía miedo y no podía dormir. Me quedé sentada a su lado hasta que se sintiera tranquilo, y estuve contestando mensajes con mis datos de celular, preguntando e informando que estamos bien.

Volvió a repetirse la fecha, pero esta vez, nada en ninguna de las poblaciones en las que se percibió el sismo, fue dañado, en lo físico, pero todos tenemos memoria emocional, y ahí, estuvimos juntos.

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