El inculto periodismo cultural / Roberto López Moreno

Roberto López Moreno. Poeta, periodista y escritor chiapaneco. Colaborador de UP.

EL INCULTO PERIODISMO CULTURAL / Roberto López Moreno

Uno de los signos fundamentales de quienes hacemos diariamente el periodismo cultural es nuestra lamentable incultura, realidad presente en nuestras páginas que si no es más visible y escarnecedora es porque la sociedad toda –y no solamente me refiero a la realidad mexicana- vive situaciones de retroceso y degradación, que hace que el hecho que apunto sea uno más, que se pierde o por lo menos se diluye, en la gran marea de la decadencia.

Tal parece que el mundo entero hubiera dado un salto suicida hacia sus más oscuros pretéritos; que la sociedad mundial hubiera decidido no seguir avanzando, como si le dieran pavor los grados de desarrollo alcanzados y de pronto decidiera regresar sobre sus pasos a encontrarse con las expresiones más primitivas de la música, con una literatura facilona, con una pintura caótica, como si fuera cercano, muy, el fin del mundo como consecuencia del desarrollo del pensamiento alcanzado por el hombre en su trabajo leal desde las más antiguas civilizaciones.

Así vemos como en lo cultural y en lo político el ser humano ha decidido trazar una trayectoria involutiva y que asume este proceso como lo más lógico, como lo más natural. Políticamente se decide retornar a esa tragedia sociopolítica que significa el neoliberalismo; se destruyen por propia mano los ensayos realizados en el planeta para el logro de nuevas sociedades más humanitarias y equitativas; en algunos casos se ha llegado hasta el extremo de retornar a evocaciones monárquicas.

Se levanta, contra postulados socialistas, que en estos “ligeros” tiempos han dejado de estar de “moda”, los estandartes de la “democracia”, identificando a ésta con las atrocidades de un capitalismo sórdido que ha diezmado pueblos y naciones. Pero el mundo se dispone hacia sus nuevas metas, que son viejas y que desde el siglo xix bien demostraron su ineficiencia y su abusiva distribución de riqueza y de poder.

En los terrenos del arte hablar estrictamente de una vuelta al pasado puede ser injusto, en el sentido en que es improcedente identificar lo hecho en otros siglos con la ramplonería que domina en muchas de nuestras expresiones actuales. Más bien, producto de los grandes pasados somos y lo innoble es desatendernos tan a la ligera de las grandes herencias y avalar este decadentismo por medio de la crónica, la crítica, el reportaje.

Pareciera ser que se vive en la era de lo vacuo y todos contentos. La imaginación y la profundidad seden su sitio a la superficialidad, a la elementalidad, y aplaudimos; como si los esfuerzos mentales se hubieran agotado, y justificamos; como si la pereza mental fuera el patrimonio de nuestro tiempo; y reseñamos, y nos acomodamos a que ese es el mundo y que el mundo está bien.

¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Existe una fatiga real del pensamiento colectivo, un agotamiento que nos lleva por los caminos del facilismo, que nos mueve a coronar la simplificación con los laureles de nuestro consenso histórico?

Vivimos en el centro de un enorme deterioro, esto es innegable, y a él, desde hace ya bastante tiempo, han ayudado eficazmente los medios masivos de comunicación. De esa enorme responsabilidad tendrán que responder ante la historia y con ellos, con los medios, también tendremos que responder nosotros, los que les damos movimiento, ser social, los que los convertimos –consciente o inconscientemente– en arma apuntada en contra del desarrollo social.

Dentro de un estado de números rojos en el que se mueve nuestro medio de la cultura, el periodismo cultural, al igual que el periodismo dentro de las otras áreas –imagen y semejanza, pues– no propone, no crea, no construye, se suma dócilmente a la bancarrota social y no sólo eso, sino que la incrementa con su acción, ayuda a su instauración plena al abonar con su trabajo diario los “valores” sobre los que se basa nuestra dinámica social.

Por desgracia el periodista cultural, en la mayor parte de las experiencias no discierne, se suma sin másno pone en tela de juicio las escalas de la mediocridadlas asume en algarada estrepitosa. No hay una conciencia crítica porque la visión del periodista cultural está moldeada también dentro de la cultura light predominante.

Si bien es cierto que los medios de comunicación deben tener como función el servir a la sociedad, el periodista cultural, como parte vital de esos medios sirve a esa sociedad, pero le sirve en la reafirmación de sus mediocres esquemas, no se atreve, porque muchas veces tampoco cuenta con las armas para ello, no se lanza a intentar la transformación de tales cuadros.

En los principios de la prensa en México, el periodista procedía de una formación empírica; era intuitivo, sagaz, quizá más que ahora, porque su condición, su estructura, a ello lo obligaban; pero de pronto, en el trajinar profesional, esa formación de periodista se encontraba frente a escollos a veces insalvables que dejaban al descubierto que no todo es producto de la intuición y la sagacidad, que la sensibilidad requiere también de otros apoyos estructurales.

A aquella primera época romántica del periodismo le ha sucedido ésta, la de los periodistas egresados de las aulas, los instruidos en hálito de academia, los que fueron formados dentro de los beneficios del método y de la información científica; se entró así a la era de los reporteros comunicólogos.

Mejor no ha sido, porque los resultados son consecuentes con el tipo de estructura que se prodiga en nuestras instituciones de estudios superiores. Estas instituciones crean profesionales que tienen que responder a sus proyectos, a sus esquemas, al espíritu con el que han sido elaborados los diferentes planes de estudios.

En estos paraísos del neoliberalismo abanderado de la “democracia”, es natural que las fuerzas rectoras del sistema impongan planes académicos que respondan a las necesidades de crear cuadros para que sirvan con eficiencia a las propuestas socioeconómicas de ese sistema.

Lo que vemos en los planes de estudio es una objetiva deshumanización que convierte al hombre en una máquina más, en sólo otro número abonado al proceso de producción. Lo que importa es crear maquinarias que produzcan ciegamente o bien seres desprovistos de conciencia de su entorno social y de su función dentro de ese entorno.

Para el simple hecho de producir el pensamiento estorba, no sólo eso, sino que se convierte en una fuerza poderosa que en un momento dado se puede poner en contra de los afanes de acumulación de satisfactores y de bienes monetarios junto al poder político que representa a ambos.

De ahí esa actitud tecnocrática que vienen asumiendo instituciones educativas –el hombre sirve para producir no para pensar– en detrimento de una real formación humanística que nos haga encontrarnos con los verdaderos valores del hombre y que obtengamos así nuestra verdadera ubicación en la historia moderna.

Ese hacernos aptos para producir y no para pensar, ese grosero utilitarismo para el que nos preparan, ese vacío de conciencia programado se manifiesta en una dolorosa ausencia del conocimiento del hombre y de la sociedad en la que se mueve; nos convierte en un batallón de ignorantes, en una fuerza ciega que sabe mover la tecnología pero que desconoce su pasado y su presente y está incapacitado para atisbar su futuro humanos, por lo tanto es fuerza que crea utilidades para los poderosos pero es incapaz de transformar la historia.

Si este lamentable cuadro lo transportamos a la práctica periodística lo que obtenemos es justamente el vacío en el que estamos viviendo y que se manifiesta en un sinnúmero de expresiones del deterioro. El periodista de cultura, como el resto de los profesionales del país, es inculto, pero en este caso específico, establecemos una contradicción inadmisible por ridícula. ¡Un periodista de cultura inculto! ¡Y lo somos!

Esto se manifiesta todos los días de nuestra profesión, desde la dirección del medio hasta el trabajo del más humilde reportero, desde nuestro amarillismo hasta la irresponsabilidad con la que manejamos figuras y valores. La falta de criterio para sopesar el hecho cultural que constituye nuestra materia informativa, está ahí, presente siempre.

Los medios no proponen, se suman y siempre, a lo que la burocracia cultural del país impone desde su poder político, una vez que ya hizo su trabajo la máquina de críticos, dóciles en su gran mayoría a ese tipo de intereses.

Lo más lamentable es sumarnos incondicionalmente y eso es lo que hacemos a diario desde nuestro precarísimo sentido de lo que debe ser la noticia. Así hemos contribuido a hacer las “vacas sagradas” de la cultura mexicana y después de ayudar a fabricarlas nos postramos de hinojos ante la cuadrúpeda deidad.

El periodismo no le da espacio a una cultura alternativa por que ésta no es noticia, porque carece de los ribetes sensacionalistas que nos han hecho creer que es lo que vende el periódico. Y no nos causa la menor mortificación que esto suceda, para ello fuimos formados en la insensibilidad, en la falta de una visión profunda del hombre.

Qué oportunidad puede tener el desarrollo cultural de un país si la fuerza creativa y la imaginación quedan desplazadas por anónimas ante los intereses de los grupos de poder cultural tan aliados a los grupos del poder político, y ellos sí dueños de los reflectores y de la caja de resonancia que es la prensa en sus modalidades escrita y electrónica.

Desde esta perspectiva nuestros medios se encuentran en el mismo nivel degradado y degradante que el resto de los rubros de nuestra vida nacional; sólo que en nuestro caso, por nuestra calidad de “informadores” (aunque le tengamos que poner a esta palabra dolorosísimas comillas) el hecho se vuelve mayormente preocupante.

Ante el concepto que poseemos del periodismo y de la noticia, qué importancia puede tener para nosotros –por ejemplo– el nombre de esa gran mexicana Aurora Reyes, una de las poetisas de voz más rotunda de este país, pero además la primera pintora muralista que hubo en México, qué importancia noticiosa, repito, podría tener para nosotros frente al rebumbio que se hace diariamente en torno de gente menor a la que acostumbramos rodear de reflectores y cohetería porque son figuras con “mercado”, mercado que nosotros mismos, para nuestras vergüenza, hemos ayudado a construir. Menciono a Aurora Reyes como puedo mencionar la infamia que se cometió durante tanto tiempo con Silvestre y José Revueltas, como se comete con Enrique González Rojo, como se comete con todos esos elementos vitales de nuestra cultura que no fueron favorecidos por el poder y por lo tanto por la crítica servil.

Pero si supiéramos lo que Aurora Reyes representó para la cultura de México, estaríamos aptos para ayudar a que nuestro pueblo asumiera orgulloso lo que legítimamente le pertenece, a la vez de que estuviéramos educando (o ayudando a educar, a informar si se quiere) estaríamos invirtiendo la absurda escala de valores que en la actualidad sostiene nuestro periodismo sensacionalista pero vacuo.

Con otra estructura, la ignorancia nos daría remordimiento, ahora nada más nos da más ignorancia, representada en la irresponsabilidad con la que seguimos aplaudiendo lo establecido, porque “es la noticia”, sin importarnos cómo se llegó a tales establecimientos.

En dónde están los que hacen todos los días la cultura popular mexicana; los que la hacen no son noticia, no salen en la televisión ni han obtenido tal o cual beca rimbombante, no han expuesto en Nueva York ni han dado un recital poético en Barcelona o París. Un periodismo trascendente sería el que atendiera esos asuntos y los otros, con la misma preocupación de desentrañar verdaderamente el tiempo mexicano. Bajo la idea de que la fama es noticia los periodistas culturales hemos creado y alimentamos cotidianamente un medio en el que son posibles personajes menos que mediocres puestos a ocho columnas de nuestra inconciencia, mientras alejamos cada vez más a nuestros lectores, incultos también, y en gran medida por nuestra culpa, de lo que es la verdadera esencia del arte contemporáneo mexicano. Todo esto lo hacemos sin la menor pizca de remordimiento, y es que, perdónanos Señor, tampoco nosotros sabemos lo que hacemos.

Por estos días un adolorido poeta escribió una carta de protesta por el despojo del que dice haber sido objeto en su provincia natal y acude al gobernador de su entidad invocando ligas amistosas y exigiendo que se le haga justicia. Absurdo y desvergonzado el tal poeta. La carta se publica en un suplemento cultural y al siguiente día el responsable de la sección se toma la atribución de regañar al poeta quejoso por su lamentable acogerse al poder político, al que le pide el favor de la justicia.

Y pienso que el hecho era como para que el poeta le reclamara a su vez al regañador: “y tú, por qué me regañas, si ustedes los periodistas nos han enseñado que si no hay fama no somos noticia, no somos nadie, y ustedes los periodistas también nos han enseñado que la fama sólo se consigue en el matrimonio con el poder; eso nos lo han enseñado ustedes con sólo revisar diariamente quiénes son la noticia de su periodismo”.

Un periodista cultural debiera convertirse, aunque fuera mínimamente en un teórico de su materia, dado que su función además de informar en la pretendida reducción escueta del concepto, debiera ser la de descifrar y actuar en consecuencia, señalando las imposiciones estéticas que crean los cuadros intelectuales de un sistema socieconómico tan bárbaro, brutal y deshumanizado como lo es el neoliberalismo que en estas fechas tanto nos pregonan.

Así, es cierto, la labor del periodista cultural sería doblemente compleja, pero habría que asumirla si se pretende ser y formar a verdaderos hombres de su tiempo. Primero tendríamos que estar aptos para saber cuál es el verdadero origen y a que o a quienes sirven las diferentes corrientes estéticas que el neoliberalismo impone a la sociedad favoreciendo a un tipo de artistas y sepultando a otros; posteriormente, ya dueños de ese conocimiento, el segundo grado de complejidad consistiría en dejar de ser un simple instrumento de cierto tipo de información y convertirnos en hombres reales, con un compromiso definido, jugárnosla, pues, en función del hombre y de su historia.

César Vallejo. Poeta mayor.

César Vallejo nació un día en el que Dios estaba enfermo, grave, y el terrible sino del poeta fue heredado por los pobres de este continente. En México y por la cercanía con Estados Unidos, esa enfermedad ha alcanzado grados inconmensurables; el deterioro en lo cultural es uno de los más agudizados. Entre los poderosos de afuera y los de adentro se nos han impuesto patrones culturales que nosotros hemos aceptado y promocionado dócilmente.

Las expresiones culturales que vivimos y en la que nos vemos los periodistas cada día, tienen más de ficticio que de reales, están basadas en una imposición de los poderes externos y propios y a ello respondemos con la indefensión teórica, es decir, con nuestro desconocimiento, dispuestos a aplaudir a la estrella en turno, porque ella representa “la noticia”.

Si hubiera un conocimiento previo, una sólida preparación teórica, nuestro mismo destino como trabajadores sería otro. Impondríamos un mayor respeto en nuestras relaciones trabajador-empresa y le daríamos un inapreciable servicio a nuestra sociedad. Seríamos profesionales cabales, como lo requiere y le urge a una sociedad vendada y amordazada.

Así como están las cosas, somos incapaces de denunciar a grupos de poder que desvirtúan los hechos culturales del país y sí muy capaces, como le sucedió al indignado poeta de nuestro cuento, de ponernos en contra del que denuncia. Con una mayor formación de nuestra gente que labora en la “línea de fuego”, hubiera mayor fuerza moral para señalar a nuestros directores sus “errores” de interpretación de nuestra realidad cultural e imponernos al “no publicamos esa filosa crítica a tal o cual figurón porque no nos vuelve a dar otra exclusiva”, es decir, evitaríamos ese tipo de complicidades, formas, quiérase o no, de corrupción.

Porque no tenemos fuerza para enfrentar estas cosas, porque las hemos aceptado sin más, no tenemos tampoco respuesta ante las majaderías de “divas y divos” ante el temor de perder la nota, porque si damos la media vuelta y nos vamos como respuesta a la grosería, otros –falta de cultura, falta de ceñimiento gremial– nos ganan la noticia. Entonces, nos capacitamos diariamente, no nos queda de otra, para aguantar la leperada de los divos, cincelando así, de manera cotidiana, nuestra propia “cara dura”.

A través de los medios de comunicación, de la entrega de intelectuales nativos en pos de privilegios personales, de la total indolencia de los gobiernos del sur y hasta de las organizaciones de izquierda de la región con relación a la cultura, a ese sur se le está golpeando de muerte en el centro de su fuerza, en el eje fundamental de sus resistencia, y eso el periodismo cultural no debe permitirlo.

El territorio y su mentalidad adquieren –como una de sus tantas formas– la representación de Ixchel, la diosa de la fertilidad del panteón maya. El territorio y su concepto aéreo, ya como unidad, crea bienes sociales en dos direcciones: lo objetivo y lo subjetivo.

Nosotros, los hijos de Ixchel, por nuestra parte, hemos malentendido los beneficios de la madre dadora. Estamos sobre el vector objetivo de tal fecundidad, en él creamos, creemos, crecemos. Hemos abandonado consciente –más bien, inconscientemente– el otro polo de la energía; sordos y ciegos, hemos buscado el utilitarismo inmediato a la dádiva, la acrecentamos únicamente en uno de sus sentidos; somos los que rompieron la armonía. Ahora bien, en medio de este caos se pierde la visualización original; entonces, ¿quiénes resultan ser finalmente los verdaderos hijos de Ixchel, la generadora?

Parafraseando: la historia de la cultura en México, hasta nuestros días, es la historia de la lucha de clases. Artísticamente, científicamente, socialmente, los hijos de Ixchel son los que siempre han estado cerca del poder político y económico, los mimados (no gratuitamente) por tal poder, todo lo demás existe a duras penas, cuando no muere por inanición, en abandono absoluto por un gobierno padrastro y por una prensa buscadora (y prohijadora) de famas y sensacionalismos. En esta lucha los artistas que no pertenecen a la alta burocracia del país son artistas a medias; el pueblo es solamente masa.

En la cultura, al igual que en la política y en los toros, también existe la casta de los juniors; pobre de aquel que no fue el hijo de… ó de… ó de… Esta casta de burócratas y juniors es la que termina imponiendo su peso a la hora de la evaluación histórica. En esta lucha de clases han sido el pueblo y sus intelectuales a quienes ha tocado ser los hijos en bastardía de la madre Ixchel.

Si el patrimonio cultural –que termina exigiendo la instrumentación de una política cultural que no existe en nuestro país– se forma con los satisfactores en ese giro debidamente seleccionados entre lo del pasado y lo del presente, cabría preguntarse en manos de qué grupo y de qué intereses queda la responsabilidad de esta selección; por lo tanto, bajo qué criterios se realiza y qué dirección se le imprime; a qué contextos va a dar pie. Dentro de la selección qué queda dentro y qué fuera. Hasta dónde puede dañar o enriquecer el hecho al real patrimonio cultural.

Nuestro país no posee una cultura sino un mosaico de culturas que no hemos sabido integrar hasta la fecha, tomando y reafirmando las enseñanzas de sus verdades eternas, lo que nos habla de la no existencia de políticas culturales adecuadas, con una aplicada conciencia de la diversidad hacia un objetivo humano común.

Somos un país con grandes desigualdades sociales y económicas, conformado por una población habitantes de vastas zonas pauperizadas. Existe un Estado que desde el hecho de la Revolución Mexicana se ostenta en su discurso como el armonizador de las diferentes clases sociales que componen el mosaico, lo que no va más allá de la quimera.

Finalmente, hay una clase determinada en el poder, un poder con el que va a atender principalmente sus intereses; un poder que va a aplicar los conceptos de esa clase en materia política, económica, social, en materia de cultura. De ahí el fracaso en lo general de sus políticas culturales con las que trata de implantar y fortalecer su concepto nacionalista que finalmente resulta parcial. En lo sustantivo, los intereses nacionalistas del Estado y su clase en el poder terminan siendo diferentes a los intereses reales de la nación. ¿Qué es lo válido? ¿Qué es lo marginado y por qué?

Ante un panorama como éste ¿cuál es el papel que debe jugar la prensa, tanto impresa como la electrónica? Quizá el rescate de los medios para ponerlos realmente al servicio de la población tenga que venir de los propios trabajadores de esa prensa, y para ello se requiere de un profundo trabajo de concientización entre nosotros mismos. Habría que enseñarnos primero a nosotros mismos, y después enseñar a nuestros directores que no sólo la fama es noticia, que hay valores profundos en las entrañas de nuestra población que están esperando su hora para la transformación del país hacia el tutelaje de su futuro. Qué bueno sería que el periodismo cultural fuera el feliz partero.

Por el momento Quetzalcóatl, la fuerza prehispánica de la sabiduría nos observa con un solo ojo, el otro está torcido y en él se le pierde la mitad de la vida. Con un ojo margina, con el otro da luz. Así nos administra su sapiencia el gran tuerto.

Quetzalcóatl debe recuperar lo que le falta de vista. Los hijos de Ixchel exigen una política cultural y dentro de esa misma realidad, un periodismo cultural congruente, que sirva de terapia intensiva al de los ojos déicos; todavía se le puede salvar la vista. Asumamos la responsabilidad los periodistas culturales de convertirnos realmente en la conciencia de nuestro tiempo.

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