Rosy

Por Leticia López Pérez

Foto Pixabay

A mi tía Rosy, desaparecida. A mi tío Moisés, su padre, que murió sin saber qué pasó con ella.
ADVERTENCIA: Todo el cuento es ficción, basado en la real desaparición de la prima de mi madre. La organización es ficticia, pero sí existen ONG’s dedicadas a la búsqueda de mujeres desaparecidas.

El sol al plomo hacía más vivos los matorrales y la maleza del terreno baldío ante el cual Don Moisés se enfrentaba. Era un terreno seco que proyectaba el calor en su cuerpo.

-Usted dice, Don Moisés, por dónde empezamos- le dijo Adrián esperando respuesta.

El hombre de cuarenta años, bajito, regordete, esperaba las palabras del viejo, que callado seguía mirando este nuevo terreno.

Cinco años llevaba de buscar a su hija Rosa. Las instituciones tardaron en reaccionar, argumentando que tal vez se había ido con el novio.

-¿Cómo se atreven? A m’hija me la desprecian por su aspecto. ¿Cómo pueden ofendérmela así?.

-Las mujeres dan sorpresas, Don. Yo no le puedo levantar la alerta hoy, pero venga mañana.

  • Mañana ya estará muerta, idiota.

Don Moisés repasaba en su memoria el rostro de Rosy, como todos en la familia le decían. Pensaba en las marcas de su rostro, en las cirugías que su hija había necesitado para poder tener una nariz, luego de haber sido encontrada en un basurero por su padre. Rosy fue una niña abandonada y mutilada por las ratas que, de no ser por Don Moisés, se la habrían comido completa.

-Don Moisés, su sombrero – Le dijo Adrían, mientras le ofrecía con una mano el sombrero de paja.
-Guárdalo Adrían. Ya el sol me ha hecho suficiente. Vamos a darle.

Junto a Don Moisés, centenares de hombres y mujeres avanzaron en el gran terreno lleno de matorrales y algunas cuantas cactáceas.

-Tengo conmigo los permisos, Don Moisés.

  • Adrián, ellos no pidieron permiso para llevarse a nuestras hijas. Nosotros no vamos a pedir permiso para buscarlas.

Con picos y palas, la organización “Te buscamos”, fundada por Don Moisés, empezó a abrir la tierra. Cada golpe en el terreno abría la esperanza y la ansiedad de madres, padres, abuelos, hermanos, queriendo y no, encontrar a sus mujeres desaparecidas.

El sol pesaba en la ropa y en la piel. Esta época del año, de sequía, que se había llevado toda la humedad de la superficie del terreno, levantaba más el polvo. Con paliacates cubriendo el rostro, a modo de cubrebocas improvisados, los buscadores seguían trabajando, hasta que un grito, como aullido, susto, emoción y horror, hizo a muchos voltear hacia Jacinta, madre de Gabriela, desaparecida dos años atrás.

-¡Una mano! ¡Aquí hay alguien!

Cinco hombres se acercaron veloces, y con el cuidado de un arqueólogo, sacaron instrumentos más delicados para retirar la tierra del cadáver, sin lastimarlo.

Adrián empezó a tomar fotos. Su trabajo era documentar todo el proceso, y mientras Jacinta respiraba al ver que esa no era Gabriela, al igual que la mayoría de los buscadores, Susana empezaba a sentir que sus piernas le fallaban, y que todo a su alrededor se perdía, y ella viajaba a los días en que su Patricia se quedaba dormida en el pecho, y ella debía ser muy delicada para ponerla en su cama, sin que se despertara.

La ropa, los accesorios, la forma de la mano y su disposición relajada, aún amoratada y con las huellas de haber luchado, indicaban que esa era su Patricia. Su Bebu, como le decían de chiquita. Y mientras el mundo movía a Susana a otra dimensión, Don Moisés la sostenía, Adrían llamaba al Ministerio Público, y poco a poco, el cuerpo de Patricia quedaba descubierto.

Las fotografías darían fe del estado en el cual fue hallada Paty. Gustavo, el padre, le empezó a hablar como si ese cadáver pudiera escucharlo.
-Ya, mi Bebu, ya te encontramos, mi amor. Ya estás con nosotros. Tranquila, mi cielo, te vamos a cuidar.

El silencio de los participantes reinaba en el lugar. Para Don Moisés encontrar a una, era como encontrar a la suya. Adrián recibió a los agentes del Ministerio Público y policía forense para que retiraran el cuerpo. Susana y Gustavo se fueron con ellos.

-Acompáñalos – Le dijo Don Moisés a Adrián – que no les hagan mamadas.

-¿Y si hallan a otra, Don Moisés?
-Yo me encargo.

Sin mayor explicación, Adrián partió con la familia herida, y todos, con la angustia, la respuesta, la certeza silente, siguieron cavando hasta muy tarde.

No hallaron nada más. Pero todos juntos se dirigieron al camposanto que compraron como organización.

El padre Ignacio, Jesuita misionero, se les unió en la caminata. A la percepción de una población herida y creyente, la solidaridad de este sacerdote que cavaba con ellos, resultaba piedra angular para poder continuar buscando a las mujeres que el crimen les arrebató.

Don Moisés sostenía una pulsera de cuentas que había sido de su hija, hacía pasar las cuentas entre sus dedos, como si rezara el Rosario.

-Todavía no hay noticias de Rosy ¿verdad?
-Nada, padre Ignacio.

El rostro de Moisés parecía mirar más allá de los objetos que se encontraban al frente. Como si un horizonte se encontrara después del horizonte.

-Tal vez no la encontremos – agregó Don Moisés. En su rostro había rabia, dolor, y lágrimas, pero nunca sollozaba. – Vivo en el vacío, padre Ignacio. Cada día encontramos al menos una muchacha. Pero mi niña nunca. Ni una señal. Nada. Cuando estoy en mi casa, en silencio, miro en mi memoria sus ojitos asustada, antes de que la operaran de la nariz. Y yo le dije que estuviera contenta, que todo saldría bien, pero ahora ¿Cómo puedo pensar que todo está bien? Las están matando porque sí. No lo resisto.

-Yo tampoco, Don Moisés. Pero me toca dar esperanza. Yo tengo que ser más fuerte que toda la comunidad, y aún así, a veces me siento sin opciones. Y solo rezamos.

-No se crea, yo sé que las personas también se apoyan en mí. Y ya no puedo parar, padre, son muchas muchachas lastimadas y tiradas por ahí. ¿Quién puede odiarlas tanto? No se imagina lo que hemos visto.

Ambos se quedaron callados hasta entrar al cementerio de mujeres, lleno de tumbas, flores, fotos e historias de vida.

La organización también daba mantenimiento al lugar, y aún golpeados por la escena del día, empezaron a limpiar, regar las flores, cantar alabanzas.

Don Moisés limpió la foto de su Rosy, sin tumba, sin paradero, sin noticias, mientras escuchaba los cantos de su organización, y el padre Ignacio ponía una mano en su hombro, solidario.

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